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Dossier: Los pacientes que no viven, pero tampoco mueren

Al menos 201 cuerpos humanos descansan en el desierto de Arizona, en la localidad de Scottsdale, a la espera de ser resucitados

En el proceso de vitrificación el cerebro se mantiene intacto y el paciente conserva sus recuerdos de lo vivido en su primera vida. Unos recuerdos que le acompañarán el día que la ciencia consiga revivirlo. [Especial]
El Universal

Scottsdale, Arizona.— En pleno desierto de Arizona, en la pequeña localidad de Scottsdale (cerca de Phoenix), descansan 201 cuerpos humanos criogenizados esperando a que la ciencia avance lo suficiente para poder ser resucitados. Nada más entrar en las instalaciones de la Fundación Alcor Life Extension llama la atención la fotografía de una niña tailandesa de 2 años. Se llamaba Matheryn Naovaratpong y es “nuestra paciente más joven”, explica a EL UNIVERSAL Max More, presidente emérito del centro de criogenización Alcor, que se encarga de velar por la institución y promoverla entre los futuros clientes. “Es un caso bastante triste. Tenía cáncer de cerebro. Sus dos padres eran médicos y fue sometida a docenas de cirugías cerebrales, pero nada funcionó. Terminamos enviando un equipo a Tailandia, lo que obviamente es una empresa importante para nosotros. Y pudimos crioconservarla y traerla de vuelta aquí”, comenta More a este medio.

En la pared, junto a la foto de la pequeña cuelgan otros retratos. Todos con una vida a su espalda que en algún momento se truncó sin otra salida que no fuera la muerte. En las instalaciones descansa Fred Chamberlain, el padre del fundador de Alcor, desde 1976, pero el primero en llegar fue el doctor James Bedford, en 1967. Alcor lo transfirió ya vitrificado desde otro centro. Bedford murió un 12 de enero de ese mismo año por cáncer de riñón con metástasis en los pulmones. Pasó a la historia como el primer ser humano en ser colocado en criopreservación.

Entre todos, hay un retrato al que Max mira con especial cariño, el de Satoshi Nakamoto. “Su trabajo fue muy importante en el desarrollo del bitcoin, pero sobre todo era mi amigo. Estaba enfermo de ELA”. Se trata de una condición médica que no tiene cura y que va degenerando poco a poco el cuerpo hasta que se pierde el control. “Él dijo que seguiría adelante, mientras pudiera comunicarse, pero llegó un momento que era imposible. Se mudó aquí desde California y cuando estuvo listo para morir, se le retiró la ayuda respiratoria y una hora más tarde fue declarado muerte legal. Ahí comenzamos el proceso”.

Es la única condición sine qua non en este proceso: la persona tiene que ser declarada “legalmente muerta”. Aun así, Max se refiere a ellos como pacientes. “Los llamamos pacientes cuando los preservamos porque necesitan ser atendidos. En nuestra opinión, estas personas no están muertas. No están vivos porque no están metabolizando, andando, haciendo cosas, pero tampoco están muertos porque, desde nuestro punto de vista, uno no está verdaderamente muerto hasta que el cerebro se ha deteriorado tanto que los recuerdos que codifican su personalidad han desaparecido por completo”. Según Max, en el proceso de vitrificación el cerebro se mantiene intacto y el paciente conserva sus recuerdos de lo vivido en su primera vida. Unos recuerdos que le acompañarán el día que la ciencia consiga revivirlo. Algo que todavía está en desarrollo.

Hasta ahora, sólo se ha conseguido descongelar con éxito el cerebro de un conejo utilizando nanotecnología. Ocurrió en 2016 y al frente del proyecto se encontraba un equipo de investigadores del centro 21st Century Medicine en California.

Unos eligieron criogenizar sólo su cerebro, sobre todo los de edad más avanzada. Buscan disfrutar de otra vida con experiencia acumulada. “La idea no es devolver a la gente en un cuerpo viejo porque obviamente no tiene sentido hacer eso. Esperamos hasta que entendamos y superemos el proceso de envejecimiento, que creo que es sólo cuestión de tiempo. Así que vuelves con un cuerpo joven y saludable (…) probablemente mejor que antes, porque la ciencia debería ya para entonces haber encontrado mejor solución a cualquier problema que tenga mi espalda o si tenía una miopía”.

Max no nombró la palabra frozen (congelado), porque “no queremos congelar al paciente, queremos vitrificarlo”. El proceso empieza inmediatamente después de que el paciente es declarado muerto legalmente. A partir de ahí, el tiempo corre en contra. “Nos gusta llegar lo antes posible”. Lo que implica que toda la parte burocrática ya ha sido resuelta previamente. Lo primero que harán es enfriar muy rápido al paciente a temperaturas extremadamente bajas, pero sin llegar a congelarlo. “A continuación necesitamos reiniciar la circulación sanguínea para que podamos llevar sangre más fresca al cerebro y distribuir varios medicamentos que protejan las células. Especialmente al cerebro, porque esos químicos incluyen cosas que evitan que la sangre se coagule demasiado”, explica Max. El proceso es muy parecido al que se utiliza en la donación de órganos cuando alguien muere.

Cuando está listo, el paciente es transportado a las instalaciones de Alcor; ahí le espera una camilla en forma de bañera donde tendrá lugar el siguiente paso. “Realizaremos prácticamente una cirugía para poder acceder a los vasos sanguíneos y luego reemplazar la mayor cantidad posible de sangre y líquido intracelular con una solución especial que tenemos. Este componente químico puede ir por debajo del punto de congelación sin formar cristales de hielo”, dice Max.

En ese punto se transfiere al paciente “al lugar donde quedará almacenado”, un cilindro metálico lleno de nitrógeno líquido que se renueva una vez por semana y que mantiene el cuerpo a 196 grados centígrados bajo cero. “Hace tanto frío que, literalmente, no sucederá nada y el paciente estará tan fresco dentro de 100 años como lo estaría después de que haya pasado sólo uno”.

Ahí esperará a que la ciencia encuentre la vía de revivirlo. “Lo que es fundamental es que no sólo queremos traer de vuelta a alguien que se parece a ti. Necesito tener mis recuerdos. Queremos preservar la estructura del cerebro lo suficientemente bien, que incluso si no podemos hacer que la persona vuelva a la vida hoy, en algún momento en el futuro, podría reparar el cerebro y los recuerdos seguirán intactos”.

El precio por criogenizar el cuerpo entero ronda los 200 mil dólares (casi 4 millones de pesos) y 80 mil dólares (1.5 millones de pesos) si se vitrifica sólo el cerebro con la esperanza de que luego se aloje en un cuerpo más joven y sano. La Fundación Alcor asegura que uno de los objetivos es que este proceso esté al alcance de todo el mundo, por lo que aceptan seguros de vida e incluso el pago del proceso a lo largo de los años, en cómodos plazos.

EL UNIVERSAL pudo pasear por las instalaciones de Alcor. Aquí también descansan los cuerpos vitrificados de 120 mascotas propiedad de los pacientes. Listas para ser resucitadas con sus amos.

“También hay parejas que se han criogenizado juntas y en el contrato piden que se les resucite a la vez”. Uno de estos perros era la mascota de Max. Lo tuvieron que sacrificar porque además de tener 15 años, “que para un perro es mucha edad”, tuvo una infección. “Y como lo queríamos mucho, lo preservamos”. Max y su esposa tienen su sitio en la fundación para criogenizar sus cerebros el día que fallezcan.

La fundación cuenta con un equipo de sicólogos y especialistas. “Es parte de nuestra misión”, asegura Max, “no sólo preservar el cuerpo, sino ayudarlos a comenzar de nuevo una vez que tengan su nueva vida. Tenemos todo tipo de personas, sicólogos y consejeros vocacionales y quién sabe qué más, que serán capacitados para ayudarles a reiniciar”.

Uno de los detractores de esta segunda vida es el doctor Arthur Caplan, director de la División de Ética Médica y profesor de Bioética en la Facultad de Medicina Grossman de la Universidad de Nueva York en la misma ciudad; ha catalogado la idea de descabellada y asegura que el único interés aquí es el económico.

Casi 150 mil personas mueren cada día en el planeta y cerca de 2 mil eligieron ser criogenizadas. Pero, ¿qué pasará cuándo despierten?, ¿y si no quieren seguir viviendo?, ¿qué derechos legales tienen?, ¿y si no se adaptan a la nueva sociedad? La lista de incógnitas sin resolver es larga y, según Max, en los próximos 50 años podríamos encontrar algunas respuestas.

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