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La reacción de Rufino Tamayo ante rayones en sus obras

Los jóvenes de la escuela central de Artes Plásticas también pedían la destrucción de los murales de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Cleme Orozco

Tamayo reaccionó con ira por la falta de garantías para proteger su trabajo. [Especial]
El Universal

CIUDAD DE MÉXICO.- En 1933 un grupo de estudiantes comenzaron a dañar y a solicitar la destrucción de los «frescos» de los artistas mexicanos más prestigiosos: Rufino Tamayo, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Cleme Orozco.

Los jóvenes estudiaban en la escuela central de Artes Plásticas, institución que de 1929 a 1930, fue dirigida por Diego Rivera. El grupo de alumnos estaba en contra de las nuevas tendencias.

Ante los hechos, Tamayo reaccionó con ira por la falta de garantías para proteger su trabajo.

«Voy a interrumpir-me dijo- mis trabajos, mientras no goce de garantías, en tanto no se me asegure el respeto a una expresión artística que puede no agradar a muchos, pero que es el resultado de una elaboración interior, de un estudio», dijo el artista oaxaqueño al autor del artículo publicado en EL UNIVERSAL ILUSTRADO.
Aquí la reacción completa de Rufino Tamayo ante los destrozos de los jóvenes.

Ofensiva brutal contra la pintura moderna

23 de noviembre de 1933
Por Aldebarán

¿Serán destruidos los frescos de Diego Rivera, Orozco, Siqueiros y Tamayo?

Temas vitales: los anti-modernistas contra la pintura nueva

Un hecho, en la última semana, ha venido la existencia de un grupo organizado: el de los anti-modernistas, con tendencias a destruir las obras realizadas hasta hoy por los pintores nuevos: Rufino Tamayo, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, José Clemente Orozco, Fermín Revueltas, Fernando Lea. No es intención el poner el nombre de Rufino Tamayo antes que el de otros: es el pintor al que los más nuevos de los nuevos, consideran para desarrollar y amplificar las tendencias que, en los «frescos» de Diego Rivera y José Clemente Orozco, aparecen con frecuencia apenas insinuadas.

No he tenido nunca simpatías por los alumnos de la escuela central de Artes Plásticas, como tampoco por muchos de los profesores. Los encuentro pedantes, necios y audaces.

Todo esto, que en los alumnos puedan explicarse por la irreflexión de la juventud, en los catedráticos es insoportable. Es una escuela de ambiente degenerado condenado a desaparecer. Poseo pruebas de que varios profesores como suyas, aprovechando exposiciones y periódicos, obras de sus alumnos, lo que produjo una tensión nerviosa que había que conducir a unos y a otros a las riñas callejeras en las que es natural, siempre perdieron los «maestros». Los más audaces disfrutaron siempre de sueldos mejores y aprovecharon para negocios personales el material que la Universidad adquiría para la enseñanza.

De la Escuela Central de Artes Plásticas que no es escuela ni central ni nada en la que nunca se ha enseñado ningún arte ha partido el movimiento destructor de los «frescos» de los pintores nuevos. Bajo la dirección de los viejos académicos, los alumnos están dedicándose a rayar los «frescos» de Rufino Tamayo en el Conservatorio Nacional de Música, a enviarle cartas injuriosas; y, según lo afirman, van a solicitar del Gobierno que sean destruidos los «frescos» de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros.

Tampoco tengo por Tamayo una gran simpatía. Me parece como demasiado seguro de sí mismo, y aunque la insolencia no tenga nada que ver con el arte, es cosa que siempre me separa de sus dueños. Pero había que preguntarle lo que piensa de la actitud de los alumnos de una escuela a la que perteneció a la que escandalizó con sus innovaciones plásticas. Vale la pena reproducir sus palabras que, por un raro acierto en un artista no acostumbrado a las declaraciones periodísticas, son serenas:

-Voy a interrumpir-me dijo- mis trabajos, mientras no goce de garantías, en tanto no se me asegure el respeto a una expresión artística que puede no agradar a muchos, pero que es el resultado de una elaboración interior, de un estudio. Profesores y alumnos de la Escuela Central de Artes Plásticas, maestros y estudiantes del Conservatorio, se han unido para impedirme continuar. Están interviniendo ya hasta las taquígrafas, que carecen de toda capacidad artística. Desde luego que son gentes sin valor valor civil, que se valen del anónimo. No pueden ni quieren provocar una polémica.

-¿Qué haría usted con la Escuela Central de Artes plásticas?
– Nada. Es una escuelilla que se cerrará por sí misma, cuando los muchachos se den cuenta de que están perdiendo el tiempo. Usted sabe, como yo, que hay individuos que se han enriquecido, aprovechando para su uso personal los elementos de enseñanza puestos en sus manos. Es una escuela que no tiene otra justificación que la de que haya sueldos para el escuadrón más retrasado del arte mexicano, que ya no es arte ni es nada, y en que figuran los señores Sostenes Ortega, Arnulfo Dominguez Bello, Ignacio Asúnsolo, etc.
Verdaderos pintores, como Mérida, limpios artistas, como Amero, no resisten el ambiente y no son resistidos: tienen que salir.

-¿Está seguro de que los ataques parten de la Escuela Central de Artes Plásticas?
-No llame a eso una escuela.Yo convertiría el edificio en un garage para que los choferes tuvieran oportunidad de ponerse en contacto durante sus ratos de descanso, con obras?artísticas, cuidadosamente escogidas. Respondiendo a su pregunta, que me parece infantil, le diré que estoy absolutamente seguro. Tengo los nombres de los consejeros de los muchachos destructores. Estoy dispuesto a publicarlos, en cuanto se haga necesario. No me interesa tanto defender mi obra como la de Diego, la de Orozco, la de Siqueiros que es lo más importante en todo el mundo, de nuestro tiempo. Si llega a hacerse necesario, pediremos al gobierno en represalia de la estúpida actitud de los retrasados, que se clausure la inútil, costosa e imbecilizante escuela de pintorcillos y escultorcillos de última categoría, que se llama pomposamente Escuela Central de Artes Plásticas.

-¿Sostendría usted una polémica?
-Si la suscita una corporación o persona que disfrute de crédito intelectual, ire a cualquier discusión.

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