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En la escena, reflejo la vida: Cecilia Lugo

El nombre de Cecilia Lugo es referencial dentro de la danza contemporánea mexicana, a la cual abona con Contempodanza, que celebra 35 años

Varias veces la coreógrafa Cecilia Lugo estuvo a punto de tirar la toalla, pero finalmente decidió seguir. Su persistencia es el motor de Contempodanza, compañía que celebra 35 años. [Agencia Reforma]
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- El mar, las escolleras, las sirenas y la arena siempre están presentes en las obras de Cecilia Lugo (Tampico, 1955), como recuerdo de las dunas donde jugaba de niña en Ciudad Madero, donde creció la bailarina y coreógrafa tamaulipeca.

Su padre, don Fidencio, cantante de ópera, decidió mudarse con la familia a la Ciudad de México para que sus cuatro hijas estudiaran danza. Cecilia, de 8 años, era la menor, y por sus facultades y edad fue seleccionada para cursar ballet en la Academia de la Danza Mexicana, mientras sus hermanas estudiarían folclor.

Todas llegarían a tomar clases de manera profesional con Silvia Lozano y Amalia Hernández.

Al célebre Ballet Folklórico de esta última, Lugo llegó muy joven, a los 17 años, y llegó a bailar 300 funciones en poco menos de dos años. Había aprendido las danzas en las clases de sus hermanas, a las que se metía después del ballet. Ellas y sus maestros le impregnaron el gusto por la música y los bailes tradicionales.

«Soy de la huasteca, me encantan los sones y los huapangos. Cuando nos reunimos en la casa familiar, en Ciudad Victoria, donde viven mis hermanas y mamá tenía su casa, traemos a los huapangueros», cuenta en entrevista la coreógrafa.

En su obra, está muy presente la música mexicana y la idea de la identidad.

«Me gusta mucho el origen, de dónde venimos, cuál es nuestra historia, cuáles son nuestras raíces. Soy tremendamente respetuosa de los rituales y raíces. Eso también está en mi obra», añade la coreógrafa, quien se graduó de la UNAM en Estudios Latinoamericanos.

El Palacio de Bellas Artes ha sido su casa; ahí bailó con Hernández y con la Compañía Nacional de Danza (CND), de la que formó parte durante cinco años, e hizo todo el repertorio clásico como parte del cuerpo de baile y papeles de corifeo y pequeños solos hasta que decidió colgar las puntas y explorar el contemporáneo.

Ocurrió cuando bailó una coreografía de Ana Mérida aún con la CND, y después, al trabajar como solista invitada con Michel Descombey y Gladiola Orozco en el Ballet Teatro del Espacio, la decisión quedó sellada.

«Me hicieron sentir que mi carrera estaba en otro lado», asegura Lugo y, sin embargo, nunca ha abandonado la técnica clásica del ballet.

Con otras compañeras salidas de la CND, y con Arturo Garrido, fundó en 1980 el Taller de Danza Contemporánea Andamio, de dirección colectiva y vocación experimental, donde creó coreografías que resultaron finalistas del Premio Nacional de Danza INBA-UAM.

Y en 1986, creó Contempodanza. «Claro que fue una locura, me decían: ‘¡Cómo dejas la Compañía Nacional, con un sueldazo, para irte a la nada!'». Y ya han pasado 35 años sostenido su compañía-escuela.

En la obra de Cecilia Lugo, está presente la idea de la identidad: «Me gusta mucho el origen, de dónde venimos, cuál es nuestra historia, cuáles son nuestras raíces», dice. [Foto: Mario Lara. Cortesía Contempodanza]

La agrupación debutó de manera oficial en mayo de 1987 en el Teatro de la Ciudad, aunque Contempodanza comenzó a trabajar antes. En aquel primer programa, Lugo presentó En memoria de un soliloquio, ganadora del Premio Nacional de Coreografía INBA y la primera obra de repertorio de la naciente compañía.

El tránsito de bailarina a coreógrafa ocurrió en un escenario operístico. Felipe Segura, artista escénico, le propuso crear una pieza para un montaje de Andrea Chénier de la Compañía Nacional de Ópera (CNO), en Bellas Artes; era un minué, «nada complicado». Y esos fueron sus «pininos», evoca.

Con su padre, Fidencio Lugo, quien tenía una voz de bajo cantante, tuvo oportunidad de compartir el escenario. Él como parte de la CNO y ella con la CND.

Don Fidencio era un huérfano de la Revolución que había crecido en un ambiente amoroso con su familia adoptiva. «Le dieron mucho cariño y estuvo cerca de una iglesia cuyo padre se llamaba Cecilio. Por eso a mí me pusieron Cecilia. Creció cerca de un órgano y una biblioteca», recuerda la coreógrafa.

Empezó a crear, dice, de manera intuitiva. Piensa que los bailarines son creadores escénicos por naturaleza. Ha concebido más de 55 piezas, entre ellas En el Umbral, Nicolasa, Marea de arenas, Prólogo de los Vientos, Memoria de soles, Arkanum, Travesías de humo y En la piel de mi memoria.

«Siempre me gustó crear y escribir historias, poemas. Fui una chamaca inquieta. Poco a poco sentí esa curiosidad por hacer una obra. No me lo pensé mucho, simplemente empecé a hacer mis coreografías», comparte.

Fueron importantes en su quehacer coreográfico las enseñanzas de Descombey, así como de Federico Castro y Nellie Happee.

«Hasta se puede aprender de uno mismo si uno se fija en la dramaturgia de la naturaleza, uno puede entender cómo es el devenir de la vida y, en escena, reflejamos la vida».

Y sin embargo, Lugo considera que su mejor maestro de danza ha sido el director y dramaturgo Luis de Tavira, con quien estudió pedagogía de la actuación hace 20 años.

Sobre su quehacer, el crítico e investigador Alberto Dallal ha resaltado su «versatilidad inteligente» desde sus tiempos como bailarina, lo cual, añade, la «ha llevado a desarrollar un concepto de danza contemporánea que, incluyendo la salvaguarda de la preparación adecuada del bailarín profesional, ha extendido su creatividad a un mundo, a veces místico, a veces quimérico y poético y en ocasiones y obras con vectores apuntando a las más puras y (en momentos) estrujantes pasiones humanas».

Contempodanza surgió en una época de efervescencia, el boom de la danza contemporánea, que se extendió hasta la primera mitad de los 90.

«Veías danza por todos lados, había una necesidad de hablar a través del movimiento con discursos genuinos y honestos. Era un grito», evoca sobre una época que recuerda con cariño.

Pero Lugo ha debido sortear también las crisis. «El camino de la danza es difícil, sobre todo cuando no hay apoyos», asegura.

Varias veces la coreógrafa Cecilia Lugo estuvo a punto de tirar la toalla, pero finalmente decidió seguir. Su persistencia es el motor de Contempodanza, compañía que celebra 35 años. [Agencia Reforma]

Trabaja a diario desde hace 35 años. La compañía solo descansa en Semana Santa y navidades, aunque se reconoce obsesiva. «Amamos lo que hacemos. Más que (buscar) el aplauso, está involucrada nuestra alma, nuestro espíritu, nuestro discurso, para que el otro lo entienda a través del movimiento».

Estuvo un par de veces a punto de tirar la toalla, a pesar del entusiasmo, como cuando nació su segundo hijo, Diego, en 1994, o en otro momento, cuando se sintió presa del cansancio, pero finalmente decidió seguir, y con ello la historia de Contempodanza.

«He descubierto la importancia vital y sagrada del espacio escénico a través de mi práctica dancística», zanja.

‘ENTRE VIENTO Y MAREA’

Contempodanza celebra con el programa Entre viento y marea, una antología que recoge 35 años de trabajo.

Es el principio de un año de celebración que culminará en el Palacio de Bellas Artes, en agosto de 2022, con el estreno de la obra La flama en el espejo, de nueva creación, y la develación de una placa, adelanta Lugo.

Mientras tanto, la compañía se anticipa con un programa en el Teatro de la Ciudad Esperanza Iris, que incluye el estreno de Álgebra de la oscuridad, de Raúl Tamez, coreógrafo que, en redes sociales, compartió que cuando tenía 15 años, en una platea de Bellas Artes, no pudo contener el llanto al presenciar Espejo de linces, una pieza de Lugo que lo empujó a estudiar danza.

«Espero mi obra esté a la altura», señaló. «Sostener una compañía por más de tres décadas no sólo es una labor heroica en este país: es un verdadero acto de magia».

La primera función tuvo lugar justo esta noche, y habrá una segunda presentación este sábado, a las 19:00 horas.

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