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El camino de un gran hombre

José Trinidad, es uno de los mexicanos que abrieron brecha, camino y esperanza, a través de uno de los principales medios de transporte en México.

Raúl Llamas / Colaboración Especial

Nuevo Laredo, Tam. El 7 de noviembre de 1907 un tren cargado de dinamita se dirigía al pueblo de Nacozari; uno de los vagones se incendió y Jesús García Corona, un joven maquinista de 26 años, tomó el control sacando el tren del pueblo salvando la vida de cientos de personas y sacrificando la propia.

A partir de 1944 por decreto presidencial, ese día se conmemora en México el Día del ferrocarrilero.

Hoy en día entre Nuevo Laredo, Tamaulipas y Laredo, Texas en promedio se intercambian diariamente 24 a 26 trenes de 90 carros.

Miles de familias mexicanas a lo largo de la historia de México han vivdo gracias al ferrocarril.

En su rostro y en el brillo de sus ojos puede verse, el largo camino de su vida que lo ha llevado a recorrer miles de kilómetros a traves de las vías del tren.

José Trinidad Barbosa, es un hombre callado, delgado, de cabellera ondulada. «Flaco» o «Chino», le dirian sus amigos más cercanos. De huesos fuertes, de gran trabajo y siempre con una sonrisa sincera.

Dispuesto al trabajo duro, su gran pasión, siempre ha sido su familia y el fútbol que aún lo juega y lo hace bien.

Como muchos mexicanos, la vida del «chino», se desarollo trabajando en los ferrocarriles mexicano, asegurando el óptimo estado de las vías del tren y yendo de un lado a otro con su familia en los furgones.

José Trinidad, es uno de los mexicanos que abrieron brecha, camino y esperanza, a través de uno de los principales medios de transporte en México.

El trabajo que se hacía solía ser a mano, entre siete o nueve hombres, como José Trinidad, que cargaban, transportaban, mantenían e inspeccionaban los rieles.

“El trabajo que haciamos, era cambiar los durmientes, esos que les ponen para tender la vía. Antes eran de madera, ahora son de concreto. Todo lo hacíamos a mano y lo hacíamos entre siete u ocho trabajadores; después usamos un armón para levantarlo, y más adelante un motorcito de gasolina”, explica Barbosa

Sin lugar a dudas, el trabajo de Don José era pesadísimo: escarbar con picos y palas, cambiar los durmientes que ya no servían, nivelar la vía, arreglarla. Pesado, pero muy bonito, porque se hacía en completa camaradería.

Hoy en día, Don José ya se dedica a su familia, pero en las pláticas familiares, surgen anécdotas de aquella época.

«Extraño mucho la convivencia con mis compañeros, en ese lugar había grupos, pues nos daban tramos a cada grupo para darle mantenimiento y conservarlos», explica Barbosa.

Para José Trinidad Barbosa, el silbido de las locomotoras es como una campanada de iglesia, lo lleva en la sangre. La nostalgia se desborda al ver pasar el tren, muy cerca de su casa.

La vida del ferrocarril y de quienes la hicieron posible no podría comprenderse sin el trabajador, sin gente como José Trinidad Barbosa. De ahí la importancia de rescatar y dar a conocer esta parte de la historia que aporta no sólo a los ferrocarrileros, sino a todos los mexicanos como Don José o el «Chino», para sus amigos.

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