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‘Si dejo la foto, me muero’: Graciela Iturbide

Una vida consagrada a la imagen, pero Graciela Iturbide dice: "Me falta mucho"; incansable, enfoca ahora a la foto a color y la naturaleza.

Más de medio siglo en la imagen han consagrado a Graciela Iturbide como una de las fotógrafas latinoamericanas más conocidas en el mundo. [Agencia Reforma]
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- «¡Or, ven!», grita Graciela Iturbide a su bulldog francés para evitar su presuroso escape al abrir la puerta de su estudio en Coyoacán. «Es ‘Or’ de (h)orrible», dice la fotógrafa.

Enfundada en un saco con diseño de traje de charro y una larga falda azul marino con líneas verticales, la creadora, escoltada siempre por Or, sube despacio los escalones de su guarida en Heliotropo 37, dirección que da nombre a su primera gran retrospectiva en Francia.

Aunque no pudo ver la Ciudad Luz como quisiese, la fotógrafa mexicana de andar pausado sabe que su paso por ahí, a través de más de 200 imágenes en blanco y negro en la Fundación Cartier, más algunas cosas nuevas a color, ha sido arrasador.

«Me da pena decirlo, pero tuvo muchísimo éxito. Había fotos de Graciela Iturbide en todo París: en el metro, en las calles, en esto, en lo otro», celebra en entrevista, sin perder la modestia.

«Y fue muchísima gente, cosa que el director (de la Fundación) decía: ‘Es de las exposiciones a las que más gente ha venido’. ¿Por qué? Yo no sé, porque yo nunca sé nada. Como que las cosas te caen del cielo», enuncia desde la inconfundible torre de ladrillo de tres pisos que diseñara la firma de su hijo, el arquitecto Mauricio Rocha.

Fue él, de hecho, quien estuvo a cargo de la museografía de Heliotropo 37 en Francia, lo cual no termina de encantar a Iturbide por la siempre latente crítica de nepotismo. Mas ha sido el talento mismo del proyectista, manifiesto en cada rincón del estudio de su madre, por lo cual la Fundación Cartier le invitó a participar.

«No me gusta trabajar con mis hijos», refrenda la fotógrafa. «Pero (la muestra) tuvo mucho éxito, lo tengo que reconocer».

Conquista que no debiera tomar a nadie por sorpresa, pues hablar de Graciela Iturbide es hablar de la fotógrafa latinoamericana más reconocida en el mundo, auténtica «Señora de la foto» en México, cuya obra figura, en parte, en las colecciones permanentes del Museo Getty en Los Ángeles, el Centre Pompidou en París y el Museo de Brooklyn.

Reconocida a lo largo de su vida con los más importantes premios fotográficos, como el Hasselblad, ella, no obstante, se mantiene centrada y con los pies en la tierra. «Me falta mucho», estima la fotógrafa que en mayo próximo cumplirá 80 años, lo cual parece abrumarla. «Ay, ay, no me recuerdes, no me digas eso».

«Siento que la foto, el trabajo de un fotógrafo, como la rueda de la fortuna: también es de suerte. Te reconocen y te siguen reconociendo, y hasta cierto punto qué bueno para mí. Pero no creas que me siento: ‘¡Ay, qué bien que lo estoy haciendo!’. No, para nada.

«El día que yo deje de fotografiar y que pierda la sorpresa de encontrar en el mundo lo que encuentro, me muero», afirma, segura, mientras toca madera.

MEDIO SIGLO TRAS LA LENTE

Son ya, tal como suele contarse casi a la manera de una epopeya, más de 50 años desde que Graciela Iturbide (Ciudad de México, 1942) llegara a la UNAM, no precisamente con la idea de convertirse en fotógrafa, sino con la mirada puesta en el cine.

«No sabía qué quería hacer: si dirección, si guión o fotografía», recuerda quien originalmente, en realidad, quería ser escritora. Su ingreso al Centro Universitario de Estudios Cinematográficos (CUEC), en 1969, ocurrió tras enterarse en la radio de las clases de cine.

Casi siempre se dice que la figura de Manuel Álvarez Bravo, quien enseñaba en la Universidad, apareció de inmediato en la vida de la joven Graciela, inspirándola a dejar la imagen en movimiento por la fija. Pero la creadora, de hecho, llegó a realizar un par de películas, una de las cuales -un reportaje a José Luis Cuevas- está casi recuperada y próxima a lanzarse.

«Es un documentalito que pronto voy a pasar. Un pequeño reportaje que me fue muy fácil porque José Luis Cuevas es muy simpático, sabía mucho de cine y hacía cosas raras entre que a él se le antojaban y a mí se me antojaban. Fuimos al cementerio donde él hacía ejercicio», adelanta Iturbide sobre el material inédito guardado durante medio siglo.

Amigos como Alfredo Joskowicz, Leobardo López Arretche o Jorge Fons la llegaban a invitar a sus filmaciones; la hoy fotógrafa consolidada filmaba entonces con su cámara Súper 8.

Fue con ellos con quien, por casualidad, como ella misma lo dice, acudió al Festival de Avándaro, donde tomó una serie de fotografías que integraron el primer libro que consignó, en 1971, su trabajo.

«Me gusta mucho ser fotógrafa porque es un pretexto para conocer todo lo que pasa, primero, en mi País; desde Avándaro, que era para mí totalmente ajeno, porque yo no conozco el rock. Yo conozco desde Bob Dylan para adelante», comparte la fotógrafa criada en el seno de una familia católica y conservadora; «burguesona», como ella la define.

Bulliciosa fiesta, la de Avándaro, de tipo muy distinto a aquellas que Iturbide salía a retratar en viajes a través del País a inicios de los 70, ya como asistente de Álvarez Bravo, con quien fuera «muy feliz desde el primer día».

«Porque Álvarez Bravo, más que enseñarme fotografía, que me la enseñó, me enseñó a encontrarme a mí misma. Con todo lo que él me hablaba de literatura, de música, escuchábamos a Bach, yo lo veía cómo revelaba. Salíamos al campo a tomar fotos, yo respetando siempre lo que él tomaba.

«Él me enseñó todo en la vida, la verdad», remarca la creadora sobre su amigo y mentor, de quien no sólo aprendiera esa mirada documental y humanista con la cual capturar los ritos populares, sino el uso indiscutible del blanco y negro. «El gris, el blanco y el negro es una abstracción que yo desde que la tomo la estoy viendo. Mis sueños a veces son en blanco y negro».

De esa forma retrató, comisionada por el Archivo Etnográfico del Instituto Nacional Indigenista de México, al pueblo Seri en el desierto de Sonora; o, a petición del artista Francisco Toledo -quien se volvería gran amigo y cómplice suyo-, al pueblo de Juchitán, en Oaxaca.

Trabajos que dieran lugar a algunas de sus más icónicas fotografías, como Nuestra señora de las iguanas, de una mujer capturada en el Istmo con iguanas en la cabeza cual Medusa, o Mujer ángel, que muestra a una indígena seri de espaldas cargando en su mano derecha una radiograbadora.

«Son fotos que quiero, evidentemente, que me recuerdan momentos muy importantes, sobre todo la relación que tuve con esas gentes; pero quiero conocer otras cosas y atrapar otras cosas para conocer más la vida, porque nos queda poco tiempo», expresa Iturbide ante la vida propia que sus imágenes han cobrado con los años.

El blanco y negro, también, aminoró los ríos de sangre de los festivales de matanza de cabras en la comunidad mixteca de Oaxaca, de la serie En el nombre del padre, donde la cámara se volvió un refugio para la fotógrafa; «si yo hubiera ido sin ella, no hubiera podido, porque las cabritas lloraban. Pero la cámara también te protege».

«Pero también soy muy morbosa, a mí me gusta lo fuerte», confiesa.

INDAGA EL ORIGEN DE LA VIDA

Lo único que ha podido poner a prueba esa consistente devoción por la ausencia de color ha sido una impetuosa bravura natural que Graciela Iturbide relata como una experiencia definitoria.

Esto durante su reciente estancia en las Islas Canarias, donde la fotógrafa pudo presenciar parte de la infatigable erupción del volcán de La Palma.

«No me dejaron acercarme mucho al volcán, pero tengo en mi teléfono por lo menos el fuego a color. Porque en blanco y negro, ahí sí para que veas, no me daba», reconoce la creadora.

«Lo que me encantó es ver al volcán en erupción y sentir el rugido de la Tierra», añade.

Y es que, independientemente de preferencias cromáticas, atestiguar este espectáculo ha cambiado algo al interior de la fotógrafa, que en este momento de su vida lee a Darwin y ha comprendido la evolución de la vida gracias a ese volcán.

«Cambió mi vida, mi corazón o mi inteligencia, mi saber acerca de la evolución. Estoy feliz.

«Me encanta por eso la fotografía, porque es el pretexto para conocer», prosigue. «Entender por medio de tu cámara la vida y cómo inició la vida, para mí fue lo más maravilloso que me ha podido pasar».

Es por ello que, al tiempo que comparte sus intenciones por dominar ahora el color, Iturbide dice tener los esfuerzos y el interés concentrado en la naturaleza y el origen de la vida.

«Quiero buscar todo lo que tenga que ver con lava, volcanes, erupciones. Con el origen del hombre. Igual me voy a encontrar otras cosas por ahí que no son los volcanes y que me van a emocionar más, no lo sé», apunta.

«A mí lo que me gusta en la vida es que algo me sorprenda, ya sea un volcán, ya sean los animales, ya sean las piedras. Lo que yo vea que me emocione lo voy a fotografiar».

OVEJA ‘NEGRÍSIMA’

Como la mayor de 13 hermanos, Graciela Iturbide recuerda a su madre siempre entregada a su cuidado.

«Era como la mamá perfecta, santa. Lo cual, a veces a mí no me gustaba que fuera tan santa; como que quería que se rebelara de repente en ciertas cosas. Yo era muy rebelde desde chiquita», admite la fotógrafa mexicana, cuyas elecciones profesionales no pasaron sin escándalo entre los miembros de su familia conservadora.

Aunque fue su propio padre, comerciante de textiles y fotógrafo amateur, quien le regaló su primera cámara, una Kodak Brownie, a los 11 años. La pequeña Graciela empezaba a capturar sus primeras imágenes, mientras educaba la mirada con las fotografías de Henri Cartier-Bresson, Robert Frank, Eugene Smith y demás fotógrafos de la revista Life, que llegaba a su casa.

«Yo soy la oveja, no negra, ¡negrísima! ‘¿Cómo una mujer fotógrafa?, ¡qué horror!’; ‘¿Cómo una mujer que va a Cuba?, ¡qué horror!’. ‘¿Cómo una mujer que hace cine?'», evoca, poniendo especial énfasis en el rechazo de su familia hacia la industria cinematográfica.

«La prima de mi padre es Rebeca Iturbide, y cuando ella empezó a hacer cine toda la familia le dejó de hablar. Era muy mala actriz, eh», opina. «Vivía enfrente de mi casa y no la volví a ver desde que hubo esta separación de mi familia, sobre todo de mis tías abuelas que todavía se sentían hacendadas pero ya no tenían nada».

Razón por la cual, al participar en el mediometraje Los nuestros (1969), de Jaime Humberto Hermosillo, la futura fotógrafa prefirió hacerlo usando el nombre de su personaje: Lisa. «Yo quería ser creativa; actriz, jamás», precisa.

Igualmente escandaloso fue haberse divorciado del arquitecto Manuel Rocha Díaz, con quien se casó en 1962, a sus 20 años, y procreó tres hijos: Manuel, Claudia -quien murió a los 6 años, haciendo de la muerte y el duelo un tema en la fotografía de Iturbide- y Mauricio, quienes llegaron a acompañarla en sus viajes.

Por suerte, considera la fotógrafa, el apoyo de becas y premios le permitía no depender de nadie.

«A lo mejor en mi casa no había mucha comida en el refrigerador cuando me divorcié, pero había rollos. Afortunadamente, mis hijos lo entendieron muy bien, no mi familia. Ahora ya me quieren mis hermanas y hasta mis sobrinas quieren ser como yo.

«Como yo trabajé en comunidades, en Juchitán las mujeres me cuidaban», refiere. «Los seris al principio estaban un poco (suspicaces) porque no va mucha gente al desierto de Sonora. Al final hasta un corazoncito me hicieron».

POR LA UNIÓN DE HOMBRES Y MUJERES

Ahora que el movimiento feminista, dentro del cual la fotógrafa siempre se ha reconocido, vive un momento de mucha fuerza a través de legiones de mujeres luchando, en parte, por aquellas mismas libertades que Graciela Iturbide conquistara pese al escándalo familiar, ésta reconoce el actual esfuerzo por registrarlo todo en imágenes.

«La fotografía es muy democrática, y, claro, hay que dejar testimonio. Estas jóvenes feministas, que yo las admiro mucho porque se están rebelando, necesitan tener una cámara para registrar eso y hacerlo público», sostiene.

Pero algo con lo que no está de acuerdo es esa solicitud separatista de dejar que sean únicamente las mujeres no sólo quienes lleven a cabo este registro, sino quienes puedan ser parte de la movilización.

«Si los hombres nos han desplazado, de alguna manera, dentro del movimiento feminista nosotras no tenemos por qué desplazar al hombre; al contrario, que vengan con nosotras, que trabajen con nosotras, que haya compañerismo.

«De lo que se trata es de que haya relación entre hombres y mujeres, de que nos ayudemos, de que haya respeto tanto de nosotras para ellos como de ellos para nosotras», subraya. «Si no, ¿para qué eres feminista? ¿Para tener un grupo de mujeres en contra de los otros seres humanos? No».

EXPOSICIÓN MUNDIAL

Algunos de los recintos e instituciones en los que Graciela Iturbide ha expuesto individualmente son:
-Centre Pompidou, París (1982).
-Museo de Arte Moderno de San Francisco (1990).
-Museo de Philadelphia (1997).
-Museo Paul Getty (2007).
-Fundación MAPFRE, Madrid (2009).
-Museo de Fotografía Winterthur, en Zúrich (2009).
-Galería de Arte Barbican, en Londres (2012).

MIRADA PREMIADA

Entre los reconocimientos cosechados tras medio siglo de carrera destacan:
-Premio de la W. Eugene Smith Memorial Fund, 1987.
-Gran Premio del Mes de la Fotografía, Paris, 1988.
-Guggenheim Fellowship por el proyecto Fiesta y Muerte, 1988.
-Gran Premio Internacional, Hokkaido, Japón, 1990.
-Premio Rencontres Internationales de la Photographie, Arles, 1991.
-Premio Hasselblad, 2008.
-Premio Nacional de Ciencias y Artes, 2008.
-Doctorado honoris causa en Fotografía por el Columbia College Chicago, en 2008, y en Artes por el San Francisco Art Institute, en 2009.

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