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Beatifican a 4 ‘mártires de la fe y justicia’ en El Salvador

El papa Francisco aprobó un decreto proclamando a Grande mártir de la fe católica, así como a los dos laicos que fueron asesinados junto a él

Un jardinero con sus herramientas camina frente a un mural con las imágenes del difunto arzobispo Óscar Romero y el padre Rutilio Grande el viernes 21 de enero de 2022 en la Plaza de Los Mártires, en El Paisnal, El Salvador. Grande, un sacerdote jesuita que inspiró a San Óscar Romero y fue él mismo víctima de los escuadrones de la muerte derechistas de El Salvador, será beatificado el sábado junto con dos salvadoreños que fueron asesinados con él. (AP Foto AP/Salvador Meléndez)

SAN SALVADOR.— La Iglesia católica en El Salvador se apresta a beatificar a dos sacerdotes y dos laicos asesinados por ‘odio a la fe y la justicia’, víctimas de los escuadrones de la muerte que actuaban con total impunidad amparados por los cuerpos de seguridad salvadoreños y los gobiernos entre 1977 y 1980.

Rutilio Grande, un sacerdote jesuita salvadoreño que inspiró a San Óscar Romero, fue víctima de los escuadrones de la muerte junto a sus dos amigos laicos y compatriotas, que lo acompañaban cuando fue atacado. Por su parte, el sacerdote franciscano Cosme Spessotto, originario de Italia, murió a tiros mientras oraba frente al alta de su parroquia. Los cuatro serán elevados a la categoría de beatos y mártires de la fe y la justicia 40 años después de que fueran asesinados.

Grande, de 49 años, fue asesinado el 12 de marzo de 1977 junto a Manuel Solórzano, de 72, y Nelson Rutilio Lemus, de 16, cuando conducía un vehículo en una carretera rural del municipio de Aguilares al norte de la capital. El crimen fue atribuido a la entonces Guardia Nacional, uno de los cuerpos de seguridad más represivos y que fue disuelto años después.

El papa Francisco aprobó un decreto proclamando a Grande mártir de la fe católica, así como a los dos laicos que fueron asesinados junto a él. Eso significa que pueden ser beatificados sin tener que atribuir un milagro a su intersección. Un milagro es necesario para la canonización.

Su asesinato y su ministerio a favor de los pobres ayudaron a inspirar a monseñor Romero, quien entonces era el recién nombrado arzobispo de San Salvador.

Tres años después, Romero fue asesinado a tiros por criticar abiertamente a los militares y trabajar en favor de los oprimidos de El Salvador.

Francisco, el primer pontífice latinoamericano y el primer papa jesuita, declaró santo a Romero en 2018.

Durante mucho tiempo, Francisco ha expresado su intensa admiración tanto por Grande como por Romero. En la entrada de su habitación en el Vaticano donde vive hay un trozo de tela con la sangre de Romero y notas de una enseñanza del catecismo que dio Grande.

La iglesia católica exigió a las autoridades que esclarecieran el crimen, pero nunca se condujo ninguna investigación, ni se juzgó a los culpables.

El ‘padre Tilo’, como lo llamaban, realizaba su trabajo pastoral en una de las zonas más pobres del país, donde organizó las comunidades eclesiales de bases en las cuales los terratenientes de la zona veían una amenaza a su poder.

Nelson Rutilio Lemus, que será recordado como el primer adolescente salvadoreño declarado beato, era el mayor de ocho hermanos, estudiaba séptimo grado cuando fue asesinado.

Don Manuel Solórzano era un laico católico de 72 años, residente en Aguilares, muy cercano al ‘padre Tilo’ a quien solía acompañar en sus labores pastorales en esa zona que años más tarde se fue el escenario de cruentos combates entre el ejército y la guerrilla,

Fray Cosme Spessotto, sacerdote franciscano, nació en Italia el 28 de enero de 1923 en el seno de una familia campesina. Llegó a El Salvador en abril de 1950 y fue abatido a balazos por miembros del ejército salvadoreño en San Juan Nonualco, el 14 de junio de 1980, cuando oraba frente al altar de la parroquia de ese lugar que dirigía desde 1953. Su muerte tuvo lugar en el inicio de la guerra civil que se extendió hasta 1992.

El padre franciscano recibió varias notas anónimas que le dejaban bajo la puerta de su oficina. ‘Padrecito, se va o lo matamos; ‘El próximo será usted’, decían alguna de estas amenazas que nunca lograron que abandonara su labor pastoral.

Fray Spessotto dio la vida por los ‘sanjuanenses’, en varias ocasiones rechazó la toma de la iglesia de San Juan Nonualco, tanto por la guerrilla como por la Fuerza Armada y cuando el ejército capturaba algunos de sus feligreses los iba a buscar al cuartel y les pedía a los militares que se los entregaran, y les reprendía por los bombardeos y ataques a la población.

Su familia en Italia le dijo que abandonará el país, pero se negó: ‘Mi familia es mi Iglesia’, les dijo. Fray Spessotto escribió en su testamento espiritual ‘Morir como mártir sería una gracia que no merezco’.

Los cuatro mártires serán reconocidos como beatos de la iglesia, en unidad un jesuita, un franciscano y dos laicos, los cuales se unen a San Romero, sacerdote diocesano.

El arzobispo de San Salvador, monseñor José Luis Escobar Alas, destacó la labor espiritual y humanitaria desarrollada por el padre Spessotto. ‘Cuando la guerra inició tuvo el valor de ir tras el paso de la fuerza armada visitando los hogares donde estos dejaban, muertos, les rezaba el responso y ayudaba a las familias con los gastos del funeral’.

‘En defensa de la vida de los inocentes enfrentó a los asesinos, quienes también le mataron a él’, agregó el prelado.

Romero, llamado también ‘la voz de los sin voz’ por abogar por los más pobres e indefensos durante la década de 1970, fue asesinado por un francotirador con un disparo al corazón cuando oficiaba una misa en la capilla de un hospital para enfermos de cáncer terminal, el 24 de marzo de 1980. Unos días antes había pedido a los militares en una homilía que «en nombre de Dios y de este sufrido pueblo cese la represión’.

Dado que es un Estado laico, en El Salvador no hay cifras de cuántos profesan el catolicismo, pero se estima que la mayoría del país son devotos de esta religión.

Desde 1977 hasta 1989, cuerpos de seguridad, escuadrones de la muerte y militares asesinaron a 13 sacerdotes, entre ellos Romero y seis jesuitas de la Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA). También violaron y asesinaron a tres religiosas estadounidenses. Ninguno de estos crímenes ha sido esclarecido y los asesinos materiales e intelectuales siguen impunes.

La guerra que llegó a su fin con la firma de los acuerdos de paz entre el gobierno y la guerrilla en 1992 dejó más de 75,00 muertos y unos 12,000 desaparecidos.

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