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Seminarista

Los desenterraron y cruzaron el río

Luis Donaldo González Pacheco

La historia nos dice que algunos pobladores de la Villa de San Agustín de Laredo (fundada en 1755) al enterarse que el Tratado Guadalupe Hidalgo dejaba su poblado fuera de México, se desplazaron al otro lado del Río Bravo, para no perder su nacionalidad, ya que la tenían como “cuanto tienen de más apreciable”.
Aunque es probable que algo hubiera ya en esas tierras, en una fecha que aproximamos al 15 de junio de 1848, se dio paso a la fundación de [un] Nuevo Laredo. Así “lo atestiguan las circunstancias, determinaciones, las palabras y los documentos” (M. Ceballos).
Desde entonces, para nadie es un secreto que [el] Nuevo Laredo y el “viejo Laredo”, aun en medio de adversidades, crisis o dolorosos acontecimientos, han convivido como hermanos inseparables, compartiendo simultáneamente su ser paso, puente y unión, dejando ver que no se entiende uno sin el otro.

Nuestros muertos de antes

A pesar de que existen matices y debates distintos, culturalmente se conserva el relato de que los primeros pobladores exhumaron a sus seres queridos para trasladarlos al “otro lado”. Aunque puede parecer extraño, no es tontería pensar que pudiera haber sucedido así -o algo muy próximo a eso-: innegablemente nuestros difuntos y la tierra son parte de nuestra historia e identidad. Estoy seguro de que así lo vieron los “Fundadores”, que a toda costa buscaban salvaguardar la “mexicanidad”.
Así, llevar o traer a los restos de nuestros difuntos no es un mero hecho de repulsa a una tierra que deja de ser nuestra. Sino un acto de afecto y honor a quienes nos han precedido. Es expresión de que su memoria queda entre nosotros.

Nuestros muertos ahora

Me atrevo a traer rápidamente todos estos datos porque soy perfectamente consciente de que los dos Laredos a lo largo de su historia -y sobre todo en los últimos complicados años- han experimentado muy de cerca el dolor de la muerte.
Hoy, por la pandemia, esto no deja de acentuarse: ya suman decenas de laredenses y neolaredenses, hombres y mujeres, jóvenes y adultos, fallecidos a causa del virus -y miles en México y EEUU-. Esto se dice rápido, pero sacándolo del desagradable y frío anonimato numérico, se traduce en decenas -y miles- de fallecidos con nombre y apellido, y con familias heridas: padres sin hijos, hijos sin padres, matrimonios destrozados. Todo esto se suma a una complicada serie de consecuencias afectivas y económicas.

Lo que vivimos

Sin duda, se quiera o no se quiera ver, la situación es bastante crítica en los dos Laredos -y en los dos países-. Por eso, ahora que celebramos el 172 aniversario de fundación de Nuevo Laredo, aunque estoy lejos, siento en lo profundo de mi corazón el deber de hacer un llamado a seguir el ejemplo de respeto, admiración y recuerdo que los fundadores de Nuevo Laredo tuvieron por los difuntos. Es decir, a que nos toquemos el corazón y rindamos homenaje a los fallecidos, que, conocidos o no, son nuestros: laredenses y neolaredenses.
Dicho de otro modo: Desenterrarlos del anonimato que da el “número de fallecidos” para reconocerles su lugar como personas. Rezar y guardar luto por ellos. Hacerlo personal y socialmente.

Apreciables lectores, no quiero reducir este sentimiento a una palabra. De hecho, tampoco pretendo que quede en un mero sentimiento. Seguro estoy de que honrar a los difuntos es aprender de la historia. Por tanto, nuestra memoria por ellos ha de venir acompañada de acciones necesarias para evitar que el virus siga matando personas y destruyendo familias.
Todo esto nos tiene que mover a la solidaridad, que bien entendida, nos ayuda a sentirnos responsables unos de los otros (Juan Pablo II): no podemos olvidarnos de los más pobres, de los más vulnerables y de los que más sufren… tampoco de aquellos que los ayudan.
Esta crisis toca lo más profundo de nuestro corazón, nos recuerda que somos limitados, pero que unidos y actuando responsablemente podemos hacer mucho.
Ni Laredo ni Nuevo Laredo podemos ser ajenos a esta situación. Sigamos caminando juntos. Así lo hemos hecho los últimos 172 años.

Aunque ya lo hago, espero que cuando todo esto pase, y podamos reunirnos nuevamente, celebremos juntos la Eucaristía por tantos hermanos y hermanas que después de esta enfermedad “duermen ya el sueño de la paz”.

Desde Madrid, un abrazo.

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