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Seminarista

Fe, Creación y ecología integral

Luis Donaldo González Pacheco

El cristianismo sostiene su fe en un Dios “creador del cielo y de la tierra”, que “crea de la nada” (2Mac 7,28) y lo conserva en la existencia (1Co 8,6) porque así, libre y voluntariamente, lo quiere. Ahora bien, aunque existe polémica en torno al ‘cómo’, me limito a decir que la fe católica no ignora las teorías sobre el origen más remoto de todo el Universo desarrollados por la astrofísica, sino que las escucha y discierne buscando evitar cualquier fundamentalismo científico o religioso (P. Castelao). De hecho, la teoría del “Big bang” es creada por el sacerdote católico Georges Lemaitre (1894-1966).

Independientemente del ‘cómo histórico’, lo que creemos es que el Dios-Creador ha colocado al ser humano en medio de todo cuanto ha hecho y le ha dotado de una característica especial que lo distingue de las otras creaturas: es “creado a imagen y semejanza” de Dios (Gn 1,27), y, a la vez, es hecho del “polvo del suelo”, pero insuflado con el aliento divino que le hace ser ‘algo más’ que un ‘ser vivo’ (cf. Gn 2,7). En esto notamos claramente una doble vinculación: ser humano-creación (polvo) y ser humano-Dios (aliento). Por esto, podemos decir, que el ser humano es la ‘cereza del pastel’ de la creación, y que en él la creación alcanza «su más alta cima» (Gaudium et Spes, 14).

Con todo, para nadie es un secreto que el hombre no es -ni pudo ser- lo primero que Dios crea, de hecho, según el relato bíblico, es lo último. Antes crea todo lo necesario para que el ser humano viva.

Centrándonos en el Libro del Génesis, es llamativo que en el primero de los dos relatos de creación (Gn 1,1-2,4) encontramos una ‘puesta en orden’ (día primero, segundo, etc.), y, a la vez, una ordenanza: “Hagamos al ser humano (…); que manden en los peces del mar y en las aves del cielo, en las bestias y en todas las alimañas y en todos los reptiles que reptan sobre la tierra” (1,26). Ante esto, debemos tener especial cuidado: aunque el ser humano ‘se parece’ a Dios, no es Dios (cf. Laudato Si’ [LS], 67) ni señor de lo creado, de modo que no le es lícito disponer sin medida de cuanto le ha sido confiado. Ahora bien, el mandato divino de “dominar y sojuzgar” (Gn 1,28) nunca se debe entender como ser dueño. “Dominar” solo puede ser entendido bajo la clave del “administrador responsable” (LS 116), que cuida adecuadamente: si hay que podar, poda; si hay que sembrar, siembra; si hay que invertir, invierte.

El segundo relato (Gn 2,4ss) nos da el matiz: Dios dejó “al hombre (…) en el jardín de Edén, para que lo labrase y cuidase” (2,15). La tarea administrativa se ve explícita: labrar, significa cultivar, arar o trabajar, mientras que cuidar significa proteger, custodiar, preservar (LS 67).

El punto de quiebre de todo esto es cuando el ser humano se olvida de su papel y de su vinculación con la creación, y “se coloca a sí mismo en el centro”, “dando prioridad absoluta a sus conveniencias circunstanciales” (LS 122). Si solo se piensa en el aquí y el ahora del ‘yo’ y se olvida del mañana del ‘otro’, se cae en el abuso de los bienes naturales y se afecta gravemente la vida del prójimo. Claramente nos estamos refiriendo a la actual crisis medioambiental y social de nuestra única “casa común”: la Tierra.

Esta crisis común, que urge a todos -creyentes o no-, requiere poner la mirada en una ecología integral “que incorpore las dimensiones humanas y sociales”, junto a las ambientales (LS capítulo IV). Es decir, que busque consolidar una “base social” que combata las “privaciones humanas críticas” y, a la vez, prevea “un techo medioambiental” que impida “sobrepasar los umbrales ecológicos críticos”. Así, es igual de serio y urgente que se hagan respetar los campos y los bosques, las plantas y los animales, los océanos y los aires, sin olvidarse del respeto a la dignidad de toda persona, que implica “acoger, proteger, promover e integrar” a todos los seres humanos, sin importar condición, raza o credo. Esta propuesta apunta a la construcción de “un espacio de seguridad y justicia para la humanidad” (cf. LS 139; K. Raworth), donde se pueda vivir y con-vivir.

Invito al lector a conocer la postura y el llamado actual de la Iglesia sobre el cuidado de la casa común en la Encíclica Laudato Si’, del Papa Francisco (2015), disponible gratuitamente en internet.

Luis Donaldo González Pacheco
donaldo.gonzalez@seminariodenuevolaredo.org

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