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Angustia domina a pescadores tras derrame petrolero en Perú

Pescadores coinciden en que viven una situación de angustia e incertidumbre.

Un pescador muestra a la venta su pesca del día en el muelle de Ancón, Perú, el jueves 20 de enero de 2022. El derrame de petróleo en la costa peruana causado por las olas registradas tras la erupción de un volcán submarino en Tonga se ha expandido a lo largo de la costa, llegando a Ancón, un puerto pesquero y turístico. (Foto AP/Martín Mejía)
AP

LIMA.— En más de medio siglo como pescador, Máximo Castro no recuerda ningún derrame petrolero de gran magnitud frente a Lima sobre el mar de Perú, uno de los más ricos y biodiversos del mundo.

«Con la pandemia del coronavirus y este derrame encima, nos están castigando todos los días», se quejó el pescador peruano, de 78 años de edad, mientras remaba en una mañana reciente su bote vacío de pescados sobre una bahía sucia en petróleo que antes era considerada una mina de oro de la biodiversidad marina.

El vertimiento de 6.000 barriles de petróleo sobre la costa del Pacífico peruano, frente a la refinería La Pampilla, administrada por la española Repsol, empujó a una crisis a 1.500 pescadores artesanales que extraen recursos de un mar con más de 700 especies de peces y 800 de moluscos y crustáceos. Perú declaró una emergencia por 90 días a esa zona costera afectada, en lo que consideró el mayor desastre ecológico sufrido por el país sudamericano en los últimos tiempos.

«Lo que pescamos al día es nuestra ganancia», anotó Castro, quien no tiene seguro de desempleo, ni ha acumulado una pensión de jubilación.

«Antes del derrame el mejor día sacaba 50 dólares, en el peor tres, ahora nada», calculó, mirando desde su bote cómo decenas de vecinos de diversas barriadas colocaban en bolsas negras de plástico la arena manchada de crudo tras ser contratados como obreros por la empresa finlandesa Lamor, a su vez contratada por Repsol para limpiar las playas.

The Associated Press conversó con una decena de pescadores y todos coinciden en que viven una situación de angustia e incertidumbre.

«Este derrame significa una matanza a toda la biodiversidad hidrobiológica de los bancos naturales de diversas especies», señaló Roberto Espinoza, de la asociación de pescadores de Bahía Blanca durante una protesta frente a la refinería La Pampilla.

«No vamos a poder pescar y no sabemos cuánto tiempo», afirmó, por su parte, el pescador y dirigente José Llacuachaqui.

El veterano Castro refirió que los pescadores que trabajan cerca de la costa son los más perjudicados porque el petróleo ha contaminado 21 playas de Lima, se ha impregnado en rocas y fondos arenosos donde viven decenas de pescados, moluscos y están depositados millones de huevecillos. «Todo apesta a petróleo», comentó e hizo una mueca con la nariz.

Por el contrario, otra clase de pescadores que se alejan más de 100 millas de la costa en viajes de 20 días para capturar peces como el dorado (Coryphaena hippurus) trabajan sin problemas porque a esas zonas no llegó el petróleo. Estos descargan sus pescados a diario o cargan sacos con hielo para las bodegas de sus naves en el desembarcadero Ancón, ubicado junto al balneario del mismo nombre.

Hasta Ancón llegaban miles de visitantes durante el verano que va de diciembre a marzo en el hemisferio sur, pero ahora la zona luce casi vacía. «Parece una escena de una película de suspenso», describió Aida Moya, vendedora de refrescos de 63 años que el domingo tuvo su peor día porque apenas vendió cinco dólares.

«Estamos fregados», coincidió José Urquía, fotógrafo con un cuarto de siglo retratando familias en la playa, quien confesó que no había logrado ningún encargo.

Los pescadores que no pueden trabajar caminan por el malecón, se los reconoce en muchos casos porque deambulan vestidos con sus botas de hule de color blanco. Otros se quedan dormidos en las bancas bajo un sol intenso y un tercer grupo conversa con las manos cruzadas mirando el mar.

«Por ahora nosotros no estamos trabajando, casi no estamos comiendo, nos estamos endeudando en las tiendas que nos fían, como trabajábamos día a día, pagábamos a las tiendas, hoy nuestra economía en esta crisis de pandemia, nos afecta mucho más», añadió el pescador Espinoza.

El derrame petrolero el 15 de enero en el Pacífico, horas después de una erupción submarina cerca de Tonga, es un golpe adicional que reciben los pescadores luego que a comienzos de mes el gobierno anunció el inicio de una tercera ola de infecciones por coronavirus impulsada por la variante ómicron en un país con más de 204.000 muertos por el virus.

El vertimiento de crudo ha provocado enorme indignación y solidaridad entre los peruanos. Pero al mismo tiempo, también ha despertado enorme desconfianza sobre la calidad de los pescados que llegan a los puertos contaminados, sin importar si los productos marinos son de zonas alejadas de las manchas petroleras. Las ventas de pescado habían caído 80% en
Ancón, según los vendedores.

La última semana algunos pescadores desesperados remataron sus pescados para evitar que se descompongan. Cinco kilos de jurel (Trachurus murphyi) y caballa (Scomber japonicus) —que en tiempos normales valen alrededor de cinco dólares— fueron vendidos a medio dolar.

En la última semana, 30 pescadores por día han sido contratados para recoger petróleo en el mar usando sus propios botes, dijo Rocío Victorio, una vendedora de pescado de 40 años, cuyo marido es pescador. Los contratados recogen el petróleo con una especie de extensa red esponjosa que luego es almacenada en una embarcación recolectora. Ese trabajo eventual no alcanza para todos.

«Yo estoy viviendo de lo que guardé debajo de mi cama», dijo el veterano Castro. «Y quién sabe cómo están sufriendo las familias con hijos chicos, al menos los míos ya son grandes», indicó.

«Ahorita está horrible, desde las seis de la mañana apenas he vendido una pota (calamar) y dos bolsas de hueveras, nada más», aseguró la vendedora de pescado Nora Ruiz, madre de tres niños y cuyo marido, José Berrú, es un pescador sin trabajo de 60 años.

La mujer miraba el mar y por momentos espantaba moscas ocasionales que buscaban aterrizar sobre cuatro bonitos (Sarda chiliensis chiliensis) cuya venta está permitida, pero que no lograba despachar.

Habían desayunado una taza de avena junto a su familia, comentó. Ella trata de no mirar el noticiero para evitar preocuparse más. «Mis hijos con sus dibujos animados se distraen, yo mejor ni prendo las noticias, todo el día hablan de la contaminación», añadió.
Recordó que mientras los chicos miraban la televisión su esposo le comentó «cómo quisiera que el agua ya esté limpia».

Ella no le respondió. «Yo sé que para que se limpien las playas, para que estén como antes, se va a demorar su buen tiempo», afirmó.

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