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Pedro Friedeberg, el ‘hartista’ excéntrico

Ateo, frívolo y defensor del ornamento como propuesta estética, es Pedro Friedeberg; el artista exhibe en el Museo Experimental El Eco

Nacido en Italia, en 1937, pero naturalizado mexicano, Pedro Friedeberg defiende el ornamento como propuesta estética. [Agencia Reforma]
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.- Una lata de polvos para hornear cifró el destino de Pedro Friedeberg.

En un diseño de este producto, de la marca Royal, se presentaba, sucesivamente, una lata dentro de otra, cautivándolo al grado de convertirlo en un explorador de perspectivas.

«Me fascinaba cómo se volvía más chiquita; quería ver hasta el final, hasta el infinito», recuerda en entrevista, y añade: «La perspectiva es una búsqueda del infinito, se puede decir. Quizá por eso las iglesias están concebidas así, porque son unas perspectivas que llevan a un infinito que se supone que es la paz que da Dios».

El artista llega al Museo Experimental El Eco, donde exhibe la muestra Salón de los astrólogos homeopáticos, Una conversación entre Pedro Friedeberg y Mathias Goeritz, con sombrero de cebra y un atuendo de sinuosas e intrincadas grecas.

«¡Mira esta camisa! Yo no la diseñé, pero me encanta. El ornamento es muy importante», destaca.

Nacido en Italia, en 1937, pero naturalizado mexicano, una de las obras más conocidas de este excéntrico artista es un mueble fantástico: la «Silla mano», dispuesta la palma como asiento mientras los dedos proporcionan respaldo.

Con estudios de arquitectura, profesión que interrumpió porque le pareció que tendía hacia lo banal y lo aburrido, el también diseñador prefiere definirse como «hartista», por el hartazgo que le produjo la artificialidad del arte en los años 60 y la «pretenciosa imposición de la lógica y la razón» en este ámbito. Formó parte de Los Hartos, movimiento fundado por Goeritz.

¿Sigue siendo usted un ‘hartista’?
Sí, porque esto no es muy aceptado en la estética de hoy en día. El ornamento está prohibido, pero yo estoy logrando que el ornamento se vuelva moderno otra vez. Y me fascina el ornamento gótico, el romano, el barroco, el azteca… El adorno es muy importante.

Pero, al reivindicar el ornamento, ¿se opone a lo racional y a lo funcional?

En respuesta, Friedeberg señala un sillón dispuesto al centro de la sala principal de El Eco, provisto de pies y manos, y dice: «Uno puede sentarse allí. He dormido siestas…».

Entonces: ¿hace que convivan lo funcional y lo ornamental?
Claro que sí; convivieron todo el siglo 19, en todos los castillos de la Reina Victoria o en el Castillo de Chapultepec, donde tienen un comedor súper decorativo, ornamentado, donde se puede uno sentar a comer. Quien inventó la palabra funcional es un estúpido. No quiere decir nada.

¿Y su silla mano?
Es una mano muy fea.

Es funcional y ornamental a la vez…
Es aún más funcional que ornamental, porque como ornamento no me gusta, pero como silla es muy cómoda, si uno no está viendo que es una dizque mano.

¿Pretendió exaltar la mano? ¿La labor que desempeña en el arte?
¿Trabajar con la mano? Sí, claro, siempre hay cosas que escribir, como la lista del mercado. Soy muy desordenado y luego pierdo las cosas.

Me refería al dibujo.
El dibujo es escritura también. Uso mucho la caligrafía, tengo un cuadro con todos los sonetos de Shakespeare, que son 137; los copié todos, porque la caligrafía también es un arte.

Usted dejó la arquitectura, pero crea espacios en los que uno puede entrar y perderse.
La perspectiva del Renacimiento siempre me ha fascinado, porque hay leyes para que las cosas se vuelvan más pequeñas, hacia atrás.
Y respecto de la arquitectura, la que me interesa es la del pasado, la que a diario se destroza, por todos lados. Aquí (en donde es El Eco) era la estación del tren de Colonia, por ejemplo. La Ciudad hace 100 años, creo, era más interesante arquitectónicamente que ahora, que hay como unas carreras de rascacielos, a ver quién hace el rascacielos más alto, más rápido. En el fondo todos son iguales, como que no tienen corazón, aunque son interesantes como bosque de formas verticales.

‘SOY ATEO Y MUY FRÍVOLO’

La primera vez que intentó exponer en Nueva York, Friedeberg fue rechazado, cuenta, porque el suyo no era arte abstracto.

«Estaba fuera de moda, pero seguía haciendo mis cosas (porque) uno tiene que hacer lo que siente, no lo que está de moda, que tristemente es lo que no entiende el 80 por ciento de los artistas, por eso todos pintan igual. Muchos optaron por ese arte ‘conceptual’ que consiste en colgar un hilo negro o poner una montaña de arena, porque eso es la moda. Creen que eso es arte, pero imitar y hacer algo para tener dizque éxito no lo es», afirma.

Él apuesta, en cambio, por desolemnizar el arte.

«No soy una persona solemne, ni religiosa: soy ateo y muy frívolo: es lógico que mi arte sea considerado superficial por algunos críticos, pero comparado con el arte que se produce hoy en día soy sumamente profundo, comparado con un cuadro de… mejor no digo nombres. Pero no hay muchos artistas muy profundos. Creo que ésta no es una época muy profunda, porque todo el mundo está muy ocupado en sus vidas muy complicadas», ironiza.

¿Y cómo es la suya ahora? ¿Cómo ha vivido esta pandemia?
La mayor parte de la pandemia la pasé en la playa. Pensé que sería un paraíso, pero después de un mes fue un infierno, porque la playa es aburridísima, y la gente está más estúpida a la orilla de la playa que lejos de la playa, pero estuvo bien. Pensábamos, cada 15 días, que la pandemia se iba a acabar, y ha durado dos años.

¿Ya volvió a asentarse en la Ciudad de México?
Volví cuando ya habían pasado seis o siete meses. Estaba muy tranquila la Ciudad, muy agradable.

Parece que le sentó bien. Se ve vital a los 85 años
En mi familia todos vivieron más de 85 años.

¿Qué le da brío?
No soy tan vital por adentro, me estoy disciplinando un poco para pretender que estoy vital, pero si uno está vivo tiene que seguir y no nada más estar en una mecedora, como muchos viejitos. Hay que seguir trabajando.

La exhibición de su obra, además del archivo epistolar, permanecerán en el Museo Experimental El Eco hasta el 16 de enero. [Agencia Reforma]

DIÁLOGOS CON GOERITZ

Con Goeritz, diseñador de El Eco, precisamente, Friedeberg mantuvo un intercambio epistolar que se prolongo 30 años, parte del cual se presenta en el recinto, adscrito a la UNAM. Se hace patente ahí, en las respuestas a su amigo, su letra de pródigo trazo. «Letra de arquitecto», le llama.

En esos tiempos, evoca, se acostumbraba escribir cartas a mano.

Goeritz producía, diario, entre 30 y 40 epístolas. De éstas, tres o cuatro las enviaba a Friedeberg para relatarle lo mismo sucesos de su vida amorosa que económica o para expresarle ideas y proyectos artísticos.

«Yo era como un confesionario, porque uno se desahogaba escribiendo cartas. Muchísima literatura de siglos pasados es a base de epístolas. ¿Qué se va a conservar hoy si uno nada más escribe para preguntar dónde consigue frijoles más baratos? No creo que surja una gran literatura de esta exagerada comunicación banal», dice el artista.

Sobre esta muestra, habla también el curador, David Miranda, quien apunta que, mientras las revisiones históricas sobre el arte del siglo 20 han señalado las diferencias entre Friedeberg y Goeritz, El Eco destaca sus coincidencias no sólo como creadores, sino también como inmigrantes provenientes de Europa en el contexto de la Segunda Guerra Mundial.

«Esto que parece una coincidencia biográfica determina, desde el punto de vista curatorial, todo el guión de la exposición, porque son dos artistas que se dan cuenta de que el utilitarismo y las formas racionales, como la arquitectura funcionalista, no compaginan en sus imaginarios».

Así, El Eco es manifestación de la «arquitectura emocional», opuesta a la racional, mientras las obras y el mobiliario de Friedeberg apuestan por una ornamentación que desdibuja la funcionalidad y hace que sólo pueda ser considerada «arte», explica Miranda.

«En esencia, ambos proyectos tienen que ver con esa confrontación con los regímenes totalitarios utilitaristas y de control absoluto de la segunda mitad del siglo 20 de posguerra», puntualiza Miranda, y precisa que el título de la muestra, Salón de los astrólogos homeopáticos…, alude a una pieza de Friedeberg así nombrada, la cual convoca «mucho del estado de ánimo, de la conversación de ambos personajes, de esta ironía y de esta sorna con respecto al medio artístico».

La exposición, que reúne más de 30 piezas, además del archivo epistolar, permanecerá abierta al público hasta el 16 de enero.

Pero no se trata de la única oportunidad de mirar la obra de Friedeberg en estos días: coincide que los muros y techos del lobby y de la suite presidencial del Hotel Presidente InterContinental fueron intervenidos recientemente con impresiones en gran formato de sus obras -más de 60-, y permanecerán así hasta el 28 de febrero. Hay visitas guiadas, previa reservación.

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