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Venvicias

Insomnio

Juan Rodríguez Contreras

Son las 04:45 de la mañana y me despierto porque está ladrando un perro. Me asomo por la ventana a ver qué pasa y me doy cuenta que ladra por ladrar. O al menos eso pienso yo en mi adormilado cerebro recién despertado a la fuerza. Tal vez ladre de frío, porque estamos a una temperatura de cinco grados, o tal vez porque vio un animalejo, o quizá porque algo le inquieta, pero el caso es que está ladre y ladre. Abro la ventana y le grito que se calle, y lo hace. Vuelvo a la cama a intentar dormir de nuevo, pero apenas voy a reconciliar de nuevo el sueño, y otra vez empieza a ladrar. Y ahí está, ladre que ladre. Vuelvo abrir la ventanilla y el solo hecho de escuchar el ruido que esta genera, hace que se calle. No obstante lanzó mi advertencia una vez más. Regreso a la cama, pero ahora sí, el sueño se me ha ido. Empiezo como todos los que ya no se pueden dormir, a dar vueltas en la cama, tratando como siempre de encontrar la postura que me mejor se acomode a mi idea de volver a cerrar los ojos y entregarme a los brazos de Morfeo. Y no lo consigo, porque el perro vuelve a ladrar. Es entonces que molesto me pongo una sudadera, pues afuera está frío, y salgo con la escoba en mano, motivo más que suficiente para que el perro ladrador, y otros más que se han mantenido quietos, empiecen a chillar y a remolinarse inquietos entre sí. Le grito al ladrador que se calle, y lo hace, junto con todos los demás que me miran azorados. Me quedó un rato en la sala, esperando a ver si el fastidioso vuelve a ladrar, y no es así. Ni ese, ni los demás. Pero ya de plano el sueño se me fue. Enciendo el televisor de la sala en busca de algo con que distraerme, encuentro una película y me acuesto en el sofá. Me pongo a ver la trama, pero los ojos se me empiezan a cerrar. Creo que por fin ya me voy a dormir, y lo bueno es que el perro ya no ladra. Apago la televisión, y al hacerlo como por arte de magia me vuelve el insomnio. ¡Válgame Dios! Total que ahí me quedo, entre dormitado y despierto, entrecerrando los ojos y abriéndolos. Veo pasar lentamente los minutos a través de un reloj digital empotrado en la pared, y recuerdo cuando de niño quería tener un reloj digital de pulsera que finalmente lo vine a comprar muchos años después. En aquel entonces me llamaba mucho la atención el mecanismo de esos relojes, tan exactos, como al igual lo hacía la calculadora, pues siempre pensaba como era posible que las operaciones matemáticas resultaran tan exactas en esos pequeños aparatos. Se me viene a la mente que tanto los relojes digitales como las calculadoras, eran objetos de gran admiración para mí cuando era chamaco, y sin embargo hoy son cosas tan sencillamente utilizadas, que nadie repara en mecanismos ni hechuras, simplemente se usan y ya, como se usan las modernas computadoras, que a decir verdad jamás pensé llegué a pensar que llegasen a tener tantas funciones como ahora. Vaya, baste saber todas las funciones que trae un llamado teléfono inteligente, para ver cómo hemos avanzado tecnológicamente. Pero lo que más me llama la atención es el ver que los chamacos de hoy, nacen con la idea de que esa tecnología es normal, cuando en realidad no tiene más de 20 años que estábamos en pañales, usando teléfonos nada inteligentes, y los primeros celulares pesaban 10 veces más que los actuales, y seguíamos sorprendiéndonos aún con relojes digitales y calculadoras. Y es ahí, acostado en el sofá, que pienso que no cabe duda que las nuevas generaciones son afortunadas de tener todo al alcance de la mano, en aparatos tan sofisticados, pero sobre todo nada bromosos. Y conforme van pasando los minutos, a la espera de la luz del nuevo día, empiezo a divagar sobre cómo hemos ido avanzando en la modernidad, los cambios del presente, y todavía aún imaginando lo que nos avecina el futuro, y muchas otras cosas más que piensa uno cuando ya no se puede dormir. Así son las noches de insomnio, piensa uno tantas tonterías, que hasta llega a escribirlas, como yo he llegado hasta aquí, a escribir mi breve noche de insomnio.

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