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Luis Donaldo González Pacheco

Cada año, la Iglesia dedica el tercer domingo de octubre para rezar y colaborar económicamente con las misiones que se hacen en todo el mundo en nombre del Papa. Sí, nos referimos a aquellas que rápidamente vienen a nuestra mente y que vemos en los medios de comunicación: África, Asia, Latinoamérica, Europa del este, Oceanía. Misiones que, sin cerrarse a nadie, van -siguiendo el ejemplo y mandato del Señor Jesús- desde proveer lo más básico y necesario para vivir con dignidad (alimento, techo, salud, trabajo: cf. St 2,15-18) hasta ofrecer el mensaje del Evangelio a quien así lo quiera recibir (cf. Mt 28,19).

Tierra de misión
Aunque las misiones se ven o parecen estar muy lejos, no podemos olvidar que, por un lado, lo que hoy son nuestras tierras fueron ya tierra de misión, y por otro, que la Iglesia se entiende a sí misma como misionera permanente. Por tanto, sus fieles -por el bautismo- han de ser siempre misioneros. ¿Esto significa que todos estamos llamados a salir de la propia casa e ir en búsqueda de lugares inhóspitos en nombre de Dios? Aunque la posibilidad está siempre abierta, no es como la mayoría de los católicos nos podemos desempeñar.
Esto no nos quita ni el deber ni el impulso misionero, al contrario, nos hace bien conscientes de que la tierra de misión va de menos a más: desde la propia familia, la comunidad, la ciudad, el país, el mundo. En otras palabras: los hijos, los hermanos, los vecinos, los pobres y los olvidados de la sociedad. La tierra de misión que tenemos más próxima es donde abunda la sed de Dios, y con ella, el hambre, la soledad, la enfermedad, el dolor, la injusticia.
La tierra que necesita ser impregnada por el Evangelio es el corazón de la sociedad, ahora más que nunca golpeada por el dolor y la crisis derivada de la pandemia.

Aquí estoy
Ahora bien, solo en este contexto podemos entender que «la llamada a la misión» se hace concreta -como dice el Papa- en «la invitación a salir de nosotros mismos»: se necesita un mensaje de fe que se haga visible y tangible en las obras y palabras. Si no se corre el riesgo de que la fe se quede en una mera idea, en un sentimiento infecundo.
También por eso es que el Papa insiste en que la fe cristiana siempre nos hace «pasar del yo temeroso y encerrado» al yo valiente y generoso, atento siempre al prójimo, en quien ve y atiende el rostro del Señor Jesús (cf. Mt 25,35-45).

Hoy, ante la profunda crisis provocada por el COVID19, nos urge apostar por la misión y decirle al Señor: quiero que tu mensaje de amor impregne nuestros corazones y haga una sociedad más humana, en donde nos veamos todos como hermanos… Señor, «aquí estoy, envíame» (Is 6,8).

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