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Seminarista

El Reino de Dios y esta tierra

Luis Donaldo González Pacheco

En la solemnidad de Jesucristo Rey del Universo conviene recordar que el Reino de Dios se encuentra en lo más central de la fe de la Iglesia Católica.
Así, por un lado, nuestra fe sostiene y anuncia la inauguración del Reino en la persona de Jesús que, con sus obras, curaciones, milagros, exorcismos, gestos y palabras, anuncia claramente que “el Reino de Dios ha llegado” (Mc 1,15).
Por otro, profesa la esperanza en un Reino que vendrá: por eso rezamos “venga a nosotros tu reino”.
Aunque éstas parecen dos dimensiones separadas, una de presente y otra de futuro, están inseparablemente unidas: en Jesucristo se inaugura ya el Reino de Dios, sin embargo, todavía no se ha consumado en plenitud (eso es lo que vendrá).

Fe y acción
En el Padrenuestro encontramos la petición y el anhelo por el Reino que vendrá. Se pide a Dios que nos acerque a aquello que esperamos confiadamente. Sin embargo, no se desentiende de las palabras seguidas: “hágase tu voluntad”.
Son dos aspectos que van de la mano: el Reino llegará en la medida que hagamos la voluntad de Dios.
No olvidemos que nuestra relación con Dios (oración) tiene que tener una implicación real con nuestra propia vida y actividad cotidiana (hacer su voluntad): lo que creemos con el corazón lo hacemos vida, ejemplo y acción con las manos, pues el cristianismo no es una fe de “brazos cruzados”. Muy por el contrario, se “espejea” con el presente y las situaciones actuales y reales para hacerlas más semejantes al Reino de Dios (donde habita la justicia, el amor y la paz).

Cultivar esta tierra
Con todo esto, tenemos que decir en síntesis que aunque la fe cristiana espera el cielo nunca se desentiende de lo que pasa en la tierra que habitamos. Más bien provoca en los cristianos el deber de trabajar en la edificación de un mundo más justo, con más amor y en paz.
El cristianismo pretende un mundo verdaderamente más humano y fraterno… por eso tiene la tarea de cultivarlo en todas sus dimensiones a la luz del Evangelio: siempre que el progreso de este mundo, el desarrollo, la ciencia y tecnología, las estructuras sociales o la política, puedan ayudar a organizar y mejorar a la humanidad -sobre todo en el cuidado y promoción de la dignidad humana, la fraternidad universal y la libertad- será de mucho interés para el Reino de Dios (Cf. Gaudium et spes, 39).

Una tierra nueva
Aunque no sabemos cuándo llegará ni cómo será “el día final”, sí que por la fe sabemos que Dios ha preparado una tierra nueva en la que todo lo creado será liberado del poder del pecado (que oprime y mata).
Sin embargo, insisto, esta espera por el Reino de Dios no debe debilitar la preocupación de cultivar y trabajar esta tierra y nuestras relaciones, sino, por el contrario, debe hacerla más intensa y real, de modo que en lo que se refiere a la justicia, al amor y la paz, pueda acercarse y asemejarse a lo que vendrá en el mundo futuro: el Reino de Jesucristo, “que no tendrá fin”.

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