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Seminarista

Sí, otra vez la conversión

Luis Donaldo González Pacheco

Sí, otra vez la conversión

Cada año se nos regala el tiempo de cuaresma. Tal parece que ya estamos acostumbrados a ello. El problema de un ciclo sería que, al ya conocerlo de memoria, le restamos -casi por completo- la novedad o lo emocionante.

¿A caso no nos pasa? Sin embargo, no porque ya conozcamos las estaciones del año, las flores no dan sus colores en primavera o las aves dejan de emigrar cuando es oportuno. Los despistados somos los seres humanos, que, creyendo que tenemos todo seguro, ponemos la mirada en otras cosas “más novedosas”.

En cualquier caso, la Iglesia en estos días, nos vuelve a adentrar en la cuaresma, y, “de nuevo”, pone el acento en la conversión. Sin embargo, antes de que el lector ceda en el aburrido principio “otra vez lo mismo de siempre”, permítame decirle una cosa: para nadie es un secreto que hoy necesitamos muchísimo de conversión. Sí, escuchar eso de “¡vuélvanse a mí de todo corazón!” (Joel 2,12) no nos vendría nada mal.

 

Sin pretender ser pesimista, es cuestión de ver las noticias de cada día para darnos cuenta de que hay algo que no estamos haciendo bien. Entre mentiras, guerras, hambre, muerte y desesperanza, me da la sensación de que hay algo que necesita “convertirse”, es decir, cambiar de dirección. Sin embargo, recordemos que las estructuras no cambian por sí solas, los que lo hacemos somos las personas.

Así, recurro a lo que popularmente se dice: “a Dios rogando y con el mazo dando”. Buscar la conversión implica una decisión del corazón, es decir, profunda y seria. Personal y comprometida. De modo que no podemos exigir una sociedad justa si no estamos dispuestos a ser “ciudadanos responsables”. No nos engañemos, no podemos rogar a Dios por algo que no pretendemos realmente… No podemos pedir por la paz y la justicia cuando, por ejemplo, no dejamos de hacer cuanto podamos para “agandallar” más.

Sí, apreciable lector, estoy afirmando que las situaciones de injusticia tienen que ver con nuestra propia vida. Y, si las queremos cambiar -y pretendemos que el Señor nos bendiga en ello- tenemos que poner de nuestra parte. Por eso -en el contexto actual- los obispos de México afirman que “el grito de dolor de las víctimas de la violencia clama al cielo por justicia” -y precisan- “los cristianos no podemos permanecer indiferentes”. Bueno, ni los cristianos ni ninguna persona de buena voluntad.

Querido lector, ante lo que hoy vivimos ¡no podemos acostumbrarnos también a la injusticia y al dolor! ¡Tenemos que convertir el corazón y luego las estructuras!
Actuemos, en lo privado y en lo público, para la paz y la justicia. Aprovechemos y redescubramos esta oportunidad de la cuaresma para “sacudir nuestra modorra” (Papa Francisco). Para convertirnos de todo corazón al Señor que es capaz de renovarlo todo.

Que este camino a la Pascua nos haga más humanos.
Rezo por nuestra conversión.

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