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Seminarista

Atípico es “abrazar con los ojos”

Luis Donaldo González Pacheco

Hace tres años el Obispo me envió a estudiar a Madrid. Llegué allí en agosto del 2017 y terminé mis estudios hace dos meses. Fueron años intensos pero maravillosos. Conocí lugares magníficos, comida exquisita, un modo de vivir distinto, una cultura preciosa, además de una imponente e importante historia… y aunque también resentí las diferencias, no me da reparo en reconocer que cuando recuerdo mi paso por la madre patria, suspiro y con cariño resuena en mí: ¡Ay España! ¡Tan pequeña y tan diversa! ¡Cuánto ya te quiero!
Aun con esto, tengo que decir que lo más preciado que allí encontré no es lo ya dicho… sino su gente: conocí personas valiosísimas. Gané grandes y maravillosos amigos. Hombres y mujeres que se quedarán en mi corazón para siempre.
¡Qué agradecido estoy con Dios por regalarme estos años en España!

Pero no crea el lector que todo fue “miel sobre hojuelas”. Además de los momentos de dificultad que suponen los kilómetros que me separaban de casa y de los míos, hubo otras dificultades propias de un extranjero. Aunque este es un tema que vale mucho la pena reflexionar no es aquí donde me quiero detener, sino en mis últimos meses allí: los meses de pandemia.
Como es bien sabido, España fue uno de los primeros países europeos -y de los más graves- afectados por el COVID19. Y Madrid fue el epicentro por varias semanas -algo de esto les conté en otra ocasión-. Estos fueron días terriblemente tensos, pero a la vez para mí muy importantes: exámenes finales, graduación, el tiempo de concluir etapas. Gracias a Dios hoy las cosas parecen estar mejor, pero no como antes de la pandemia.

Sin otra salida, en esta situación “atípica” -y después de tres meses de riguroso confinamiento-, emprendí el camino de vuelta a México comenzando por despedirme de las personas con las que caminé todo este tiempo. Aunque atípico es graduarte en medio de una pandemia, los es más mudarte de país… y mucho más “atípico” despedirte de los grandes y queridos amigos, que desafortunadamente ya no verás en un futuro próximo, respetando una distancia de seguridad. A ellos “les abracé con los ojos”.

Estos términos no son invento mío, pero creo que reflejan bien la sensación que da el expresar el cariño con una mirada, haciendo el mejor uso de las palabras y los gestos para dejar ver el amor.
No niego que tuve nostalgia de vivir esto y también ganas de saltarme las reglas. Sí que quería abrazar con los brazos. Tampoco niego que más de una lágrima me arrebató.
Fueron semanas afectivamente complejas. Así, el 30 de julio, en medio del Atlántico y en la soledad del vuelo repasé, disfruté los momentos vividos y lloré con cuidado de no mojar la mascarilla.

Más atípico aún

Querido lector, aunque lo dicho resuena mucho en mi corazón, no era todo lo que tenía que vivir. Aquí me esperaba un paso más -y más complejo-, pues si atípico es regresar a casa después de tres años en esta situación mucho más lo es tener que “abrazar con los ojos” también a mi madre; llegar a casa y no poder entrar; no abrazar para no dañar. Demostrar de lejos cuanto nos queremos -y cuanto nos hemos extrañado-. Hacer uso de la creatividad para hacer el momento menos duro.

Lo que hoy vivimos nos está dejando huella -al menos en mí lo hace-. Nos marca. Nos hace vivir de modo atípico. Y nos deja ver cuan valiosos son los abrazos, el calor humano, el lenguaje no verbal. Aquello a lo que estábamos tan acostumbrados y que no pensábamos que lo íbamos a dejar de tener. Ahora sí que como dice el dicho: “nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”.
Han sido experiencias bonitas y atípicas, pero soy consciente de que lo ya contado es nada frente a las consecuencias más duras de esta pandemia: la enfermedad, el aislamiento y la muerte, que cientos de miles de familias en México, EEUU y España han tenido que afrontar.

Esperemos, apreciable lector, que cuando todo esto pase disfrutemos mucho de la compañía del otro, de aquellos que tanto queremos. Dios quiera que pronto -con la ayuda de todos- podamos superar este mal paso y podamos “abrazarnos con los brazos”, y cuando lo hagamos sea sin restarles valor o “abaratarlos”.
Dios nos ayude a que después de este tiempo de atípica dificultad seamos más humanos. Por ahora nos toca seguir “abrazando con los ojos”, es decir, seguir siendo responsables y cuidadosos con los que nos rodean para que después volvamos a encontrarnos, celebrarnos y -con muchas ganas- volver a abrazarnos.
No nos olvidemos de rezar por tantos hermanos y hermanas que después de esta enfermedad “duermen ya el sueño de la paz”. Por ellos y por sus familias.

Luis Donaldo González Pacheco

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