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La respetuosa fui yo: Poniatowska

Por primera vez la autora Elena Poniatowska responde, sin tapujos, sobre su relación con el escritor Juan José Arreola.

Elena Poniatowska habla de su relación con el escritor Juan José Arreola y sus conflictos familiares. [Foto: Archivo/Agencia Reforma]
Agencia Reforma

CIUDAD DE MÉXICO.-La historia comienza en 1954, cuando Elena Poniatowska, en sus veintes, conoce a Juan José Arreola, encaminado ya hacia los 40 años.

Fue una relación de alumnamaestro que, en 1955, devendría, en el nacimiento del primogénito de la escritora: Emmanuel o “Mane”, a quien daría su apellido el astrónomo Guillermo Haro, con quien la escritora contraería nupcias años después.

Aunque el vínculo se mantendría en lo privado, bajamente comentado en los círculos literarios, ninguno habló al respecto de manera pública, ni siquiera Poniatowska, cuando por primera vez refirió el capítulo en un libro de reciente aparición, El amante polaco, donde aborda la historia de los Poniatowski, su estirpe real polaca, y, por consiguiente, su propia historia.

En esas páginas, Arreola es sólo “el maestro” y ella la alumna, una alumna despojada por el tutor, según se desprende del texto: “Estoy sola. No sé que es el amor. Lo que me ha sucedido. El catre, la amenaza, el ataque nada tienen que ver con lo que leí en los libros”, escribe.

En una entrevista concedida a REFORMA (02/12/19), Poniatowska revela que, con la aprobación de su hijo, decidió publicar las circunstancias de su nacimiento, pero la referencia a Arreola como su padre biológico no sale a relucir con todas sus letras.

“Yo nunca, nunca lo voy a poner (su nombre). Ni siquiera me lo digo a mí misma. Ahí sí hay un rechazo absoluto”, sostiene.

Sin embargo, a las alturas de la entrevista, el nombre que conlleva ese “secreto” ya se ha desbordado.

La familia Arreola, indignada, responde a Poniatowska con una misiva pública que hace llegar a todos los medios el sábado pasado, en una respuesta que entienden como una defensa del padre y abuelo, fallecido en 2001, que ya no está para defenderse.

Y revelan, asimismo, correspondencia que en aquel tiempo la autora le envió al escritor a través de la cual buscan demostrar no un despojo sino un “enamoramiento”, el de ella y el de Tita Valencia, otra escritora que en días recientes también decidió revelar su propia experiencia con Arreola, en una relación que calificó de cruel y abusiva.

“Con tristeza y molestia hemos leído las recientes declaraciones de dos conocidas autoras que, efectivamente, sostuvieron relaciones sentimentales con nuestro querido padre y abuelo”, comienza la carta de los Arreola.

“Por respeto a ellas y a él -ausente para defenderse-, habíamos decidido mantenernos en silencio. Sin embargo, la verdad de los hechos de aquellos años se ha transformado hoy en una injusta narrativa de falsedades que no podemos soslayar”.

Consultada el domingo, Poniatowska declinó hacer declaraciones al respecto, pero hoy comparte la carta que a continuación se transcribe, figurando al fin el nombre de Arreola con todas sus letras:

DERECHO DE RÉPLICA:

Son las 4:37 de la tarde del domingo 8 de diciembre de 2019 y leo estupefacta la carta de la familia del escritor Juan José Arreola. Jamás, en 64 años, he hecho declaración alguna acerca de Arreola y su entorno.

En mi novela El amante polaco que Planeta lanzó en la Feria del Libro de Guadalajara, el miércoles 4 de diciembre, solo hablo de “El maestro”.

Mi hijo nació en un convento de monjas en Monte Mario, Roma, el 7 de julio de 1955. Cuando conocí a Arreola en 1954 (nací en 1932 y cumpliré 88 años el 19 de mayo del 2020), era una jovencita totalmente dispuesta al deslumbramiento.

En esa época, las niñas que se educaban en colegio de monjas salían del convento igual que entraban, más niñas que nunca, páginas en blanco, sin ninguna preparación para la vida.

Arreola era un adulto, un hombre casado, con tres hijos, 20 años mayor que yo.

Mi relación no fue una de las “relaciones sentimentales” del “padre y abuelo Arreola” sino un suceso fundamental en mi vida que habría de cambiar no sólo mi destino sino el de mi hijo; fue la relación de un adulto casado que sabía lo que hacía con una joven inexperta e ingenua en todos los sentidos.

Aunque la familia de Arreola habla de respeto, la respetuosa fui yo, la que nunca pidió nada fui yo, la que no volvió a verlo nunca fui yo, la que guardó silencio fui yo.

Arreola jamás vio a mi hijo, jamás lo conoció, jamás lo mantuvo. Pudo enviarle un libro, jamás lo hizo. En cambio, si mi hijo hubiera manifestado el deseo de conocerlo, por respeto, habría cumplido su voluntad. Ya adulto, Mane jamás buscó verlo. Los verdaderos padres de mi hijo, doctor Emmanuel Haro Poniatowski, son su abuelo Juan. E. Poniatowski y el astrofísico Guillermo Haro.

Por lo visto, el “querido padre y abuelo” de los Arreola quien siempre se ufanó de sus conquistas, también lo hizo frente a su familia, puesto que ahora las festejan.

Como consta en la carta a máquina (escrita desde Roma, Italia, en 1955, y reproducida por REFORMA el domingo 8 de diciembre de 2019), me preocupé por sus hijas, a diferencia suya que jamás lo hizo por mí o por mi hijo.

El silencio y el respeto del que habla la familia Arreola han sido de mi familia y míos durante 64 años. ¿En qué se basa el silencio y el respeto de la familia Arreola, si ahora trae a la luz un asunto del que nunca hablé?

Supe desde un principio que Arreola jamás viajaría a Italia puesto que no podía cruzar una calle en la Ciudad de México. Mi carta de 1955, por lo tanto, es la de una incauta que intenta protegerlo. Cuando uno es joven, protege o camina al borde del abismo. ¿Alguna vez fue Arreola responsable de sí mismo? Su talento y su inteligencia lo enseñaron a usar a los demás.

Arreola nunca fue capaz de poner en orden su vida y eso lo sabe su familia. Sólo pudo “echar a perder quien sabe qué de muy bello que tenía”, como lo escribo en la carta de 1955, que reproduce REFORMA.

Es desafortunado el caso de Tita Valencia que destapa una situación distinta a la mía, aunque tenga en común al mismo personaje.

Mi vida no se reduce a la frase final del capítulo 20 del El amante polaco, página 333 (la única vez en que expongo la acción de “el maestro”), y nada tiene que ver con “una injusta narrativa de falsedades imposible de soslayar”. A lo largo de 405 páginas jamás aparece el nombre del “querido padre y abuelo”.

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