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Refugiado por la comunidad triqui

solo me quedaban dos opciones: Regresarme a Oaxaca de Juárez para trasladarme a Puerto Escondido o continuar por esa ruta hasta llegar a mi punto final. Opté por la segunda.

San Andrés Chicahuaxtla. [David Dorantes/ Líder Informativo]
David Dorantes/ Líder Informativo

CIUDAD DE MÉXICO. – Nunca me imaginé lo que significaría realizar mi primer viaje en automóvil por la vasta Oaxaca, menos la aventura que me llevaría a ser refugiado por la comunidad triqui, que según me habían advertido que sí en algún momento, en alguna región, me cruzaba con una mujer de esa etnia, no debería entablar contacto directo porque pudiera ser considerado como una afrenta por su marido.

En la noche del miércoles empecé a diseñar mi plan de ruta desde Oaxaca de Juárez, haciendo un alto en Putla Villa de Guerrero, para finalizar en Puerto Escondido. Era un largo trayecto pero que apuntaba que estaría todo bajo control, entre la información que arrojaba Google Maps, sitios web y la ubicación de las gasolineras; parecía ser un viaje seguro. Así que la mañana del jueves, justo a las 9:00 am, salí de Santa Lucía del Camino rumbo a mi destino intermedio, ubicado en la Mixteca.

Mi primera impresión fue al tener que desviarme por la emblemática ciudad de Asunción Nochixtlán, que saltó a la fama internacional en 2016 por hechos violentos que hasta el momento no se han esclarecido. Posteriormente me encaminé hacia Santo Domingo Yanhuitlán, lugar que me había enamorado por las charlas de una profesora jubilada, Cirenia Rodríguez, pero que al llegar me impactó negativamente observar el poderío de la majestuosa iglesia que domina el paisaje, incluso resaltando por demás de sus guardias montañosas; ni siquiera quise sacar fotografías del recinto, por el marco humilde del que está rodeado.

Serían mis primeros 100 kilómetros de esta travesía, justo cuando partí de Santo Domingo Yanhuitlán la señal de mi teléfono móvil se perdió y hasta que pasé por la histórica Tlaxiaco volvió a conectarse a la red de internet; ahí fue  cuando entró un mensaje avisándome que se había cancelado el encuentro que sostendría en Putla Villa de Guerrero, por lo que solo me quedaban dos opciones: Regresarme a Oaxaca de Juárez para trasladarme a Puerto Escondido o continuar por esa ruta hasta llegar a mi punto final. Opté por la segunda.

En cuanto salí de Tlaxiaco se volvió a perder la señal de internet y telefonía, eso me llevó a perderme en una comunidad de Santa Cruz Nundaco; ahí, con la única persona que me quiso contestar para reorientarme a mi destino, fue una mujer de edad muy avanzada que llevaba trozos de leña en su espalda, con un español poco entendible logró darme un respiro. Así fue como pude llegar a San Andrés Chicahuaxtla, donde todas las mujeres triquis estaban paradas en el marco de sus puertas, ataviadas con el típico huipil rojo que las caracteriza; continúe sin ver a ningún hombre en mi trayecto por ese pueblo indígena hasta que topé en la unión con Santo Domingo del Estado, que es uno de los cinco clanes territorales triquis más importantes de la etnia, ahí, estaban con machetes obstruyendo el camino que según un joven me dijo que estaban negociando con la otra comunidad para abrir el paso carretero.

Desde luego, sin teléfono, ni Google Maps, cayendo la obscuridad a las 2:10 de la tarde por increíble que parezca, en medio de la comunidad triqui, mi nerviosismo aumentó, optando por salirme de ahí inmediatamente hasta que crucé con otros dos adolescentes hombres que al paso me dieron indicaciones por donde salir. Había transcurrido diez minutos, queriendo ocultar un corazón acelerado, me estacioné en una casa para preguntar por la salida que ya no era la que había indicado la tecnología de internet, para mi sorpresa salió una amable mujer con su huipil rojo, la misma que me ofreció algo de lo que estaba cocinando.

Durante 50 minutos en la casa de esa mujer triqui, comiendo lo que ella me había ofrecido, algo que no supe que era pero que sabía delicioso, a la que solicité otra ración más, jamás me dirigió la palabra el hombre que estaba sentado a un lado del fogón, supongo que era su cónyuge; incluso él me daba consejos, pero por medio de ella, aunque el señor hablaba un perfecto español, nunca se dirigió a mí y menos con su mirada. Así fue como el hombre me advirtió -creo que también índigena- que se había oscurecido por la niebla de aire, enseñándome el cómo identificarla de la niebla de agua, una enseñanza que me sirvió para el resto de los viajes que realicé por Oaxaca.

Conforme a los relatos, los triquis provenían de Monte Albán, siendo expulsados por desobedecer las órdenes del rey. Posteriormente se movieron a la parte baja de la costa oaxaqueña, pero por el clima caluroso buscaron regiones más altas, asentándose en Tlaxiaco, donde también fueron expulsados por el cacique. Se podrán decir muchas cosas, pero en mi caso no fui expulsado, al contrario, sentí la cálida recibida de una mujer ataviada con su típico huipil rojo, además, comiendo en su humilde hogar. ​

De esta forma es como fui refugiado, de mi extravío y de mi hambre, por la comunidad triqui. Tras once horas de viaje, con 528 kilómetros recorridos, paisajes realmente paradisíacos, aderezados por una extraordinaria travesía, por fin llegué a las 10:00 pm en mi punto final: Puerto Escondido.

www.daviddorantes.mx

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