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¿Por qué regalamos chocolates el 14 de febrero?

Las cajas llenas de estos dulces y, de ser posible, en forma de corazón son un elemento casi imprescindible en el Día de San Valentín.

Al comerse, el cacao aporta al cuerpo una gran cantidad de endorfinas. [Agencias]
Agencias

CIUDAD DE MÉXICO.-En pleno siglo XXI, nos parece perfectamente normal regalar coquetas cajas de chocolates el Día de San Valentín. Pero el noble cacao de las tierras americanas tuvo que recorrer un largo camino por Europa antes de regresar —muchas veces, en cajas con forma de corazón— a nosotros para aderezar el tan celebrado día.

“La primera razón por la que se regalan chocolates en San Valentín es por su dulzura, una sensación que se identifica con el amor romántico”, dice Alberto Peralta de Legarreta, académico e investigador en gastronomía de la Universidad Anáhuac México. Pero esa no es la única razón. Ni, mucho menos, la más importante…

Según explica el doctor Peralta de Legarreta, aunque los granos de cacao son originarios de América, el chocolate —tal como lo conocemos hoy en día— es una invención europea.

Sucedió que cuando los conquistadores españoles llegaron a nuestro continente y regresaron a sus tierras repletos de tesoros, a finales del siglo XV, unos de ellos eran los granos de cacao, tan preciosos que incluso se usaban como moneda.

Aunque al principio les costó trabajo aceptarla, no pasó mucho tiempo antes de que las cortes españolas se maravillaran con esa sustancia que, diluida en agua y condimentada con chile, bebían los indígenas, y que estaba destinada al exclusivo paladar de los nobles americanos. Pero, sobre todo, se sintieron fascinados por sus efectos: ese brebaje espeso, amargo y oscuro despertaba el cuerpo y —lo que era mejor— “provocaba súbitos impulsos amatorios”.

Esto se debe al efecto endorfínico del chocolate: al comerse, el cacao aporta al cuerpo una gran cantidad de endorfinas, que son unas sustancias que el organismo genera y que provoca una sensación de bienestar o de placer. Y cuando las cortes europeas —que en aquel entonces eran un grupo ávido de nuevas experiencias sensoriales, que incluso ya conocía los efectos de la Cannabis yndica y de algunos hongos alucinógenos— experimentaron el enardecimiento que les provocaba el chocolate, equipararon la sensación a la del amor carnal y el producto afrodisiaco se volvió exclusivo de las cortes europeas.

Fue por aquellos siglos que el cacao visitó varios países europeos y se le fueron añadiendo ingredientes: la leche en los Países Bajos, el azúcar para contarrestar su fuerte amargura y, también, especies como la canela y la vainilla, que buscaban dignificarlo o hacerlo aún más exótico.

Ya en el siglo XVIII, el chocolate era inevitablemente vinculado con el amor cortesano, la lujuria y los asuntos amorosos. Incluso se sabe que María Antonieta tenía su propio chocolatier, y que nobles damas como Madame du Barry acostumbraba servirlo mezclado con piedras de ámbar “para estimular a sus amantes”.

Fue durante este siglo que, en la Francia del barroco, el chocolate adquirió el simbolismo que lo vincula con el amor: el que un caballero invitara a una dama “a tomar un chocolate” era un modo disimulado de hacerle saber sus intenciones de poseerla sexualmente, y el regalarlo era una manera de halagar a la mujer en cuestión y, de ese modo, “ganar sus favores”.

Lo anterior ganaba fuerza con la creencia —difundida, entre otros autores, por Geoffrey Chaucer— de que el 14 de febrero era la fecha de los enamorados porque en esa fecha “las aves acostumbraban iniciar su proceso de cortejo y apareamiento”, lo cual era un símbolo del amor.

El último eslabón en esta larga cadena tuvo lugar en el siglo XIX, en la Inglaterra victoriana. En 1861, Richard Cadbury, descendiente de una prestigiada familia chocolatera, tuvo la brillante idea de colocar los chocolates sólidos que él había inventado —otra brillante idea, por cierto— en adorables cajas de cartón con forma de corazón y decoradas con flores y botones de rosa.

La idea fue tan exitosa que persiste en la actualidad. Y aunque es una costumbre que va cayendo en desuso, si uno escarba en los armarios de las madres o las abuelas, es probable que uno encuentre una de estas las románticas cajas en las que se acostumbraba guardar cartas, fotografías y todo tipo de recuerdos del idilio, quizá aún perfumadas con la estimulante fragancia del afrodisiaco chocolate.

 

Fuente: Milenio

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