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Venvicias

Transeúntes

Juan Rodríguez Contreras

Todos los días pasa por mi casa. Con ese andar lento que genera el cansancio del paso de los años. Casi siempre con la misma camisa manchada de grasa, el pantalón raído y zapatos gastados de tanto caminar. Eso sí, va bien peinado siempre, con su pelo aún mojado, señal de que tiene su baño matutino. Es evidente que va a su trabajo, porque lleva en la mano una bolsa en cuyo interior se trasluce un paquete de aluminio que intuyo son algunos tacos. Su mirada, siempre puesta al frente del camino, refleja que acepta su vida tal cual, esa conformidad que también da el paso de los años. Nunca he cruzado palabra con él, simplemente a veces en su paso lo saludó con el clásico “buenos días” y me responde de la misma forma, para continuar su camino sin inmutarse. ¿Hasta dónde va? No lo sé. ¿Desde dónde viene? Tampoco lo sé, pero vislumbro que en ambos casos ha de ser cerca de mi casa. En parte me recuerda a mi padre, cuando igualmente iba y venía de su trabajo, aunque en ese entonces con pisada fuerte. Creo que algún día platicaré con mi vecino caminante, me llama mucho la atención esa mirada en medio de los surcos de arrugas de su rostro, que también manifiestan un gran penar que me gustaría conocer, no tanto por morbo, sino por ver qué puedo hacer por él.

De vez en cuando lo veo pasar por la casa. Va arrastrando un carrito de metal de dos ruedas sobre el que lleva una caja de madera y dentro algunos fierros que va levantando por la calle. Bien vestido, aunque a la vieja usanza con pantalón acampanado, de esos que ya no se usan, y camisa de cuadros fajada. Su pelo canoso, sus arrugas y su lento paso, avizoran a leguas que tiene más de 70 años, tal vez hasta 80. Cierta vez lo detuve y le dije que si quería llevarse algunos fierros que tenía en el patio y me dijo que al rato vendría por ellos, que iba a las tortillas. Pero ya no regresó. Siguió pasando, y cuando me tocaba estar en el patio ni siquiera volteaba a verme. Es más, ni siquiera volteaba a ver el patio para ver si aún están ahí los fierros, que por cierto se los llevó otro colector de chatarras. Y siempre arrastrando su carrito. Llegué a pensar que a la mejor lo confundí, que no es un colector, sino simplemente aquella vez que le llamé llevaba unos fierros en su caja, y no los llevaba a la báscula situada a tres cuadras de mi casa. Con eso de que me he acostumbrado a ver pasar por la calle a los chatarreros. Pensé que incluso se pudo haber ofendido con mi propuesta que para nada fue mal intencionada. En fin. Hasta que un día un vecino me dijo que está “enfermito”, por lo que entendí que padece demencia senil, ese mal que interfiere parcial o completamente en la memoria, el leguaje, el juicio o el razonamiento. He llegado a pensar que tal vez ni siquiera se acuerda que hablamos, brevemente, pero hablamos. He tomado la determinación de volverle a hablar y hacerle el mismo ofrecimiento, a ver cuál es su percepción. Tal vez requiera algún apoyo médico.

La veo continuamente pasar por la casa con rumbo a la escuela. Lleva a su pequeño niño de unos siete años a estudiar. El chamaquito se ve bien portado, por lo que creo que le da una buena educación. Siempre va arrastrando una carriola, con otro niño adentro, de menos de dos años. Es joven, tendrá a lo mucho unos 25 años. Pero se ve con un gran penar, caminando como autómata, casi siempre batallando para cruzar con el carrito el tope que está frente a mí casa. Nunca la he visto ni siquiera turbarse cuando los perros de mi hogar le ladran al pequeño al pasar este por la banqueta a un lado de la cerca, esos canes que escandalizan a todo aquel ser que pasa. Como que ya se acostumbraron a los ladridos. Alguien me dijo que se quedó viuda tan joven, que perdió a su esposo, y más o menos intuyó, como muchos, el motivo de dicho deceso. El caso es que trata de seguir con su vida, de darle una educación a su hijo, y eso es digno de admirarse. Creo que hay muchas mujeres como ellas, que tuvieron hijos muy chicas y se quedaron solas, ya sea porque sus también jóvenes maridos murieron, desaparecieron, o de plano las abandonaron a su suerte, el caso es que tienen que salir adelante. Ojala llegue a comprender que no todo está perdido, y pueda encontrar alguien que la valore. Tiene derecho a una nueva oportunidad.

Y tú, ¿te has fijado en la gente que pasa por tu casa?

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