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Juan Rodríguez Contreras

No puedo negar que en mis tiempos de secundaria fui tremendo. Era de los que imponía el desorden en la escuela donde curse dichos estudios. Era rebelde, pleitista, gritón (bueno, eso lo sigo siendo) y también grosero. Pero en aquel entonces las groserías que proferíamos los chamacos no eran tan soeces, porque si llegabas a sobrepasar el límite nunca faltaría quien te llamara la atención, ya fuese un maestro, un familiar e incluso un vecino o un transeúnte, porque en aquel tiempo todavía había respeto hacia los adultos. Evidentemente no nos gustaba que un extraño nos llamara la atención, pero a pesar de ello no nos poníamos al tú por tú con nuestros correctores, y en el peor de los casos nos hacíamos los desatendidos, pero sin chistarles o contestarles por habernos recriminado el mal lenguaje emitido. Hoy en día en cambio, y a casi 30 años de mi paso por la escuela secundaria, las cosas han cambiado terriblemente en lo que a la expresión de maldiciones se refiere. Ya me había dado cuenta de ello, pero el acabose fue la semana pasada, en que por necesidad, tras haber llevado mi camioneta a un taller, tuve que tomar un camión a eso de las dos de la tarde, hora en que iba repleto de chamacos que provenían de una secundaria de la localidad, y que iban para sus casas. Iban platicando entre sí (si es que a eso le podemos llamar plática) con un dialecto por lo demás soez y corriente, que hasta yo, que me las sé de todas-todas, me quedé anonadado y estupefacto de tan prosaico lenguaje. Claro está que no puedo escribir en este espacio las palabrejas que iban profiriendo, pero baste saber que son las más inimaginables. El “chingado” y el “cabrón” que en nuestra época decíamos, han sido suplidas por otras dos vulgaridades que hacen referencia a la inclinación sexual y al aparato reproductor masculino. Y lo más grave del caso, lo que terminó por dejarme patidifuso, fue el hecho de que las chamaquitas son las que más las profieren, con una naturalidad como si fuera una gracia consumada. Chamacas de apenas 13 o 14 años, hablando de una forma tan pedestre y ramplona, me hizo ver que definitivamente en esta generación hemos fracasado como padres, hemos fracasado como instructores de nuestros hijos. Y digo que hemos, de manera general, porque todos estamos involucrados. Tal vez muchos no toleremos que nuestros hijos digan en casa palabras altisonantes, ¿pero acaso no las dirán fuera de ella, en las propias escuelas, o en el camión cuando se dirigen a casa? Porque es evidentemente que no los escuchamos. Pero más que nada todos hemos fracasado porque ya no hay quienes llamen la atención en público a los chamacos, al escucharlos decir groserías, y no lo hacemos porque se nos ponen al tú por tú, y como uno no quiere problemas, tolera pues la situación, que no deja de ser lamentable. Vaya, ya ni los maestros quieren llamarles la atención, toda vez que luego son acusados de abusivos, porque eso también lo hemos tolerado los mismos padres, el quitarle poder a nuestros profesores. Ya lo he dicho siempre, antes un maestro era un segundo padre, y te castigaba y hasta te pegaba si no hacías caso, y no había reclamos de los padres, sino por el contrario, cuando tu madre se enteraba que te habían castigado, peor te iba en la casa. Pero dejamos de permitir eso y en cambio toleramos darle más libertades a los chamacos, y ahí están los resultados, hoy en día tenemos chamacos groseros, que no respetan a sus mayores, y paradójicamente lo de las groserías es lo de menos, es lo más aceptable y lo menos malo dentro de su conducta antisocial, porque a esto podríamos aunarle el hecho de que ya no quieren estudiar, pues muchos se salen de la escuela, y no precisamente para trabajar, sino para andar de vagos, aprendiendo nuevas mañas y cada vez más mala actitudes, y lo peor del caso es que nadie hace nada para evitarlo, nadie quiere corregirlos, no hay interés. Da la impresión de que el sistema educativo se ha vencido, y con ello esta generación se ha perdido. Lo peor es que las que vienen corren el mismo riesgo. Yo fui grosero, sí, lo acepto, y de hecho los que me conocen saben que lo sigo siendo. Pero tengo mis límites, los cuales no tienen los chamacos de hoy, quienes sin dude me dicen “quítate que ahí te voy”.

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