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Venvicias

La “Popis”

Juan Rodríguez Contreras

Como periodista un día me tocó ir a hacer un reportaje al Centro Antirrábico. Como parte de la información los directivos me llevaron a presenciar la matanza de perros que previamente habían capturado en la calle, y cuyos dueños, sí es que los tenían, no los habían reclamado en un lapso de 48 horas.

Me pareció absurdo que fueran tan pocas horas el tiempo de reclamo. Apenas dos días de la captura de los animales. Llegué a pensar que evidentemente algunos dueños ni siquiera se darían cuenta de la desaparición de sus mascotas en dos días, como para reclamarlos, pero uno de los elementos de la dependencia me dijo que cuando una persona quiere a su perro, lo busca en menos de 24 horas, y según él, el principal punto a revisar es la Perrera Municipal. No dije más, me quedé callado.

Fue entonces cuando otros dos sujetos llevaban arrastrando una perra de color café claro, que luchaba por escaparse de los amarres que lo sujetaban y que eran presionados por los dos individuos, quienes a su vez la jalaban hacia el matadero.

El animal, como intuyendo su suerte, no se dejaba colocar un bozal para evitar que atacara a quienes les aplicarían una inyección que acabaría con su vida. En determinado momento la perra se escapó de sus captores y corrió a mi lado. Se echó sobre su lomo y con sus patas alzadas me miraba moviéndose de un lado a otro.

Alguien dijo, “mira que mañosa, quiere que la salven”, y yo dije, “no, no es mañosa, es inteligente, y lucha por su vida”.

Fue entonces que le pedí al director del Centro Antirrábico que no acabara con la vida de esa perra, ya que yo la adoptaría y me haría cargo de ella.

El director, tras preguntarme si estaba seguro, y recibir de mí una de las afirmaciones que con mayor contundencia he dado en mi vida, pidió a los empleados que dejaran al animal en paz, y ésta se apostó a mi lado y ya no se me separó.

No fue necesario amarrarla, de hecho cuando un trabajador se acercó queriendo ponerle un mecate le gruñó, a la vez que se arrejuntó más a mis piernas para luego lanzar un chillido como pidiendo apoyo. Yo dije que así la dejaran, en tanto yo continuaba con el reportaje. De hecho pedí que ya no sacrificaran un animal, pues corría el riesgo de llevármelos a todos, lo que causó risa entre los presentes.

Cuando salimos de la Perrera me bastó abrir la puerta trasera del vehículo para que el animal se trepara al mismo. Tras bajar los vidrios del coche y despedirme del director y de los empleados, la perra les ladró, tal vez como despidiéndose, o tal vez como haciéndoles saber que se había librado de una muerte inminente.

Al llegar a la casa, la adentré al patio donde tenía otros seis canes, ante quienes se mostró erguida, pero a la vez moviendo la cola de un lado a otro, permitiendo que los demás la olfatearan. Fue aceptada y supo convivir con los demás animales y con el paso del tiempo y las croquetas se volvió fuerte y no tardó mucho en convertirse en la matriarca de la manada. Era brava y todos los demás animales hacían lo que ella les indicaba, en su lenguaje perruno.

Pasaron cinco años y La Popis, como le pusieron los chamacos, se hizo vieja. Hasta que una tarde la vi echada, ya sin ganas de moverse. No había ni siquiera comido. Salí a acariciarla y correspondió a mi caricia con una lamida en la mano. Yo me senté en una mecedora y ella se irguió un poco para caminar a paso demasiado lento hacia donde yo estaba y quedar frente a mí.

Alzó su cara y me miró con ojos tan nostálgicos que creo que nunca voy a poder olvidarlos, era como si me estuviera dando las gracias. Las gracias tal vez por haberlo salvado un lustro atrás de una muerte segura, las gracias tal vez por darle un hogar, las gracias quizá por brindarle una familia.
Se postró debajo de la mecedora, y ahí murió.

En su vida tuvo una sola camada de animales, muy bonitos todos, pero por desgracia el parvovirus acabó casi con todos, y solo sobrevivió uno que estuvo en la casa de mi madre hasta que también murió.

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