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Venvicias

EL DIABLO EN LA IGLESIA

Juan Rodríguez Contreras

Es domingo y me levanto temprano. Voy a la iglesia. Tiene infinidad de años que no me paro en una iglesia un domingo. No voy porque quiera ir, voy porque mi mujer previamente me lo ha pedido. Y a mi mujer, que casi nunca me pide nada, no puedo negarle nada. Voy tratando de disimular el encono que me provoca ir a la iglesia un domingo. Cierto es que creo en Dios, pero no soy muy dado a visitar una parroquia sin compromiso.

Por encomienda propia voy solo el primer viernes de cada mes. Lo he hecho por muchos años, en honor al Sagrado Corazón de Jesús. Llegamos pues a la iglesia, y digo llegamos porque conmigo van mi esposa y mis hijos. Busco un lugar donde sentarnos, no tan cerca del altar, pero tampoco tan cerca de la salida. Ni tan cerca de Dios, ni tan cerca del Diablo. Estoy a la espera de que inicie la misa, esperando que dure poco. Tengo sueño y quisiera volver a dormir.

De repente veo a una mujer que nunca había visto, más sin embargo, no sé por qué, pero siento que la conozco, más de lo que pudiera imaginar. Mi alma me lo dicta. La veo acompañada de una niña que deduzco es su hija; de un hombre que deduzco es su esposo; y de una señora que una vez más, deduzco, es su madre. Ella no me ve porque está unos asientos delante de mí, pero puedo ver su figura, su sonrisa y sus gestos, y todo en ella se me hace conocido, más que conocido. Llego incluso a escuchar su voz, sin escucharla hablar. Mi mente me la dictamina.

Cuando acaba la misa, la sigo por el atrio de la iglesia. En determinado momento, quienes deduje eran su madre, su esposo y su hija, se separaron de ella y se quedó sola. Perfilé cualquier pretexto para hablarle, porque quería simplemente escuchar su voz y salir de dudas, según yo. Simplemente me acerqué y le dije cualquier cosa, que ya no recuerdo porque el suspiro que le emergió de lo más profundo de su ser y su cara de asombro al verme, me hicieron saber que ella también me conocía.

Tras segundos de silencio que se hicieron eternos, musitó su respuesta a lo que le pregunté, que aún sigo sin recordar, pues el sonido de su voz nuevamente me hizo olvidar todo. ¡Era la misma voz, el mismo tono, que había escuchado sin previamente escucharla hablar! Hasta el movimiento de sus labios se me hizo usual. ¿Qué era todo esto? ¿Un Deja Vu? ¿Una premonición? ¿El encuentro de dos almas perdidas? Mi cabeza se llena de dudas, y me retiro del sitio donde nos encontramos, o más bien fui a su encuentro. Ella también hace lo mismo. Se reúne con los suyos y yo con los míos. Sin embargo a distancia nos vemos. No dejamos de vernos, sorprendidos el uno al otro.

¿Quiénes somos? Tal vez nos preguntamos al unísono. Bueno al menos eso es lo que yo me pregunto. Yo, que sé exactamente quién soy, ¿pero quién es ella? ¿Por qué me es conocida si nunca antes la había visto? ¿Por qué estoy tan sorprendido al verla? ¿Por qué ella se sorprendió al verme? Mi cabeza gira buscando respuestas que sabe que no va a encontrar. Abandono la iglesia con rumbo a mi camioneta, pero se me olvida que voy sin mi familia. ¿Tan nervioso estoy que se me olvidan los míos? Regreso por ellos, y en el camino la encuentro a ella con los suyos. Me vuelve a ver, como si quisiera grabarse mi rostro, como si quisiera saber de dónde me ha visto, tal y como yo lo quiero saber.

Los míos vienen a mi encuentro. Me retorno con ellos detrás de los otros, de la desconocida que no me es tan desconocida, y quienes la acompañan, que sí son demasiado ajenos para mí. Todavía ella voltea, pero disimula nerviosa, como que anda buscando a alguien que sabe que no aparecerá, pero viendo de reojo a quién sí está, que soy yo, quien la sigo con la mirada y la veo subirse a un carro que lentamente avanza hasta desaparecer en la siguiente calle. Yo me quedo con mis dudas, tantas dudas. He leído tanto de las almas perdidas, que me empieza a dar miedo. Yo estoy con los míos y estoy bien. Me siento bien, más bien que nunca.

Me siento viejo y siento que ya tuve más de lo que debí tener. Pero ¿un alma perdida podría venir a desosegarme? ¡Maldición! Porque tuve que ir a la iglesia cuando no quería. Y justamente a una iglesia. Esto solo me demuestra que el diablo nunca duerme. Y hasta en una iglesia va a llegar a inoportunar.

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