El Dólar
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Venvicias

Dominó

Juan Rodríguez Contreras

Llega un tipo al billar y tras hacernos plática a varios de los que estamos ahí, hace la oferta de un dominó, y saca una vieja caja café con el logotipo de la cerveza Corona. Dice que es un dominó original de los que la empresa cervecera otorgó en la década de los 80´s. Lo muestra y a vista de “buen cubero” se ve que es un dominó viejo, que fácilmente debe tener unos 30 años.

Un amigo saca las fichas que se exhiben antiguas, gastadas, demasiado usadas. ¿Cuántas manos no habrán hecho la “sopa” con este juego? Cuenta las 28 piezas, por lo que está completo. El sujeto dice que perteneció a su abuelo y pide 300 pesos por él. Nadie hace una oferta. Lo vuelve a guardar en un morral que trae, a la vez que pide un cigarro. Un amigo se lo concede. Tras encenderlo emprende el camino hacia la puerta, pero se regresa y pide 100 pesos por el dominó. Es ahí cuando le extiendo el billete rojizo-amarillesco con la imagen de Netzahualcóyotl, y del que pocos saben que trae incrustado con diminutas letras el verso del pájaro de las 400 voces, mejor conocido como zentzontle. Tras recibirlo en sus manos, apurado se retira. Se ve que trae desesperación por gastarse el dinero. ¿En qué? Y aunque me lo imagino, la verdad no me interesa. Tras su salida del sitio, hay quien dice que “me rayé”. ¿De dónde proviene este dominó? Tampoco lo sé.

Sólo sé que viene a formar parte de mi colección de dominós. No soy muy asiduo a embelesarme con tan grato juego, como muchos amigos que conozco, pero amo la sapiencia que guarda en su matemática, en sus escasos números (del 0 al 6) y en su forma tan sorprendente de hacerlos cuadrar unos con otros.

En el billar donde me junto, que es Billares El Yoyo, a diario, conocidos míos se enfrascan en tremendas jugadas de dominó. Se apasionan, y se adentran en el juego, mientras yo me enfrasco en los míos, que son el billar y la carambola, y al fondo, que es donde se juntan, los escuchó gritar de emoción, y desesperación, de enojo y de ira, porque sus compañeros no les dan las fichas que querían, o bien de alegría y felicidad, porque al revés de lo que ya cité, obtienen la ficha anhelada, el juego perfecto que les da el compañero ideal, compañero que por cierto será de ese momento, de esa enjundia, de ese instante en que se verán contentos.

Así es el dominó, yo reitero, casi no lo juego, pero me gusta ver jugarlo, pero sobre todo me gusta saber que personas que a la mejor uno cree que no saben nada, saben en realidad mucho al saber colocar perfectamente una sola pieza de ese juego, para ganar una partida. Así es el dominó. Y yo tengo varias cajas de ese juego, y uno de ellos es ese, el de la Corona, de los años 80´s. ¿Cuántas partidas no se habrán jugado con ese dominó? ¿Cuántos corajes no habrá generado esa pequeña caja con fichas? ¿Cuántas gentes no habrán hecho felices? No lo sé. Sólo sé que forma parte de mucha historia, como esta breve que les acabo de contar.

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